Antes y después de la toma del poder en Rusia por los bolcheviques, en octubre de 1917, siempre hubo desencuentros políticos en el seno del movimiento revolucionario —bolcheviques y mencheviques—, pero estos fueron de carácter ideológico, por diferencias en las tácticas revolucionarias.
Luego de la muerte de Lenin, en 1924, sobrevino una lucha por el poder, básicamente entre stalinistas y trotskistas, que se extendió en el espacio y en el tiempo. Por su parte, en China, con el triunfo de la revolución campesina, en 1949, surgió la corriente maoísta en el movimiento socialista —comunista— internacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y en el marco de la Guerra Fría, surgió la tesis de la “coexistencia pacífica” entre capitalismo (Estados Unidos) y socialismo (URSS). En ese contexto apareció en el escenario político global el “eurocomunismo”, que propugnaba la vía pacífica al socialismo, y el foco de la controversia ideológica fue la “dictadura del proletariado”.
Sin embargo, con la caída del socialismo real en Europa y el desmembramiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en 1989, así como con la propuesta de Fukuyama del “fin de la historia”, todas las corrientes revolucionarias marxistas recibieron una especie de knockout político. Otra cara política muy diferente es el “progresismo” en América Latina, mal denominado, ideológicamente, como izquierda revolucionaria, cuando no supera la socialdemocracia.
Nuestro país no estuvo exento de estas luchas, caracterizadas por los seguidores de la URSS (Partido del Pueblo), fieles maoístas-fidelistas (FER-29) y prosélitos trotskistas (socialistas).
¿Cuál es el punto?
En mi opinión, por la falta de una sólida cultura política en general y, particularmente, en las filas revolucionarias, las disputas políticas adquirieron un matiz personal y, en el mejor de los casos, “economicista” en el marco sindical.
Durante la dictadura militar, la ultraizquierda no entendió la depuración política sufrida en las filas castrenses (1968-1969) y se asoció con fracciones de la oligarquía para adversar el “proceso revolucionario” surgido a partir de 1970.
Así, nos encontramos con una izquierda pura, inmaculada, que prefiere las alianzas fácticas con la oligarquía, por ejemplo, para oponerse a los Tratados Torrijos-Carter (1977), y una izquierda que comprende el papel de las alianzas tácticas en el camino de la revolución socialista.
Luego de la invasión militar de Estados Unidos a Panamá, en 1989, la oligarquía, en alianza con el imperialismo invasor, destrozó a la izquierda consecuente e inició el camino de la liquidación del movimiento popular. El último reducto combativo —obreros de la construcción y educadores—, “en un abrir y cerrar de ojos”, ha sido diezmado por el “dictador” civiloide, ante la indolencia del resto del pueblo.
Hoy solo quedan “genes” político-ideológicos: los radicales de la ultraizquierda, los sectarios pueblistas, los trotskistas y la banda de la izquierda oportunista.
Corolario. En Panamá, la izquierda revolucionaria ha sido aplastada por un mediocre político devenido en “dictador”, cuyo único mérito político ha sido encontrar una vanguardia revolucionaria y un movimiento popular con ausencia absoluta de visión estratégica político-ideológica.
El autor es abogado y analista político.

