Hay hombres que parecen haber hecho un pacto secreto con la vida: no rendirse jamás. Luis “Lucho” Moreno Tejeira era uno de ellos. Oriundo de la Península de Azuero, nacido en Chitré, con raíces macaraqueñas y penonomeñas, llevaba en la sangre esa terquedad noble del interior que confunde a los que la observan desde afuera. No se parece al orgullo ni a la obstinación: se parece, más bien, a la dignidad en movimiento. Con su partida, Panamá pierde a uno de esos ciudadanos irrepetibles que no dejan un vacío. Dejan una heredad. Quienes tuvimos el privilegio de caminar junto a él nos quedamos con la tarea hermosa de no desperdiciarla.
Lo conocí cuando la indignación ante el deterioro educativo del país se convirtió en convocatoria. En los primeros años de este siglo, un grupo de empresarios y líderes cívicos decidió que lamentarse no bastaba, y nació el Círculo Empresarial por la Calidad de la Educación. Alrededor de esa mesa se sentaron George Richa (q.e.p.d.), Vicente Pascual Barquero (q.e.p.d.), Robertito Motta (q.e.p.d.), Marta Lewis de Cardoze, Nicolás Ardito Barletta y tantos otros que pusieron su nombre y su energía al servicio de lo que más importa: nuestra niñez y juventud. Lucho llegaba a cada reunión como llegaba a todo en la vida: con intensidad, con ideas ya destiladas, con esa mirada aguda que diseccionaba el problema antes de que termináramos de formularlo.
La primera lección de Lucho fue que la resiliencia no es sufrimiento silencioso. Es reinvención continua. Su trayectoria académica sola bastaría para desalentar a cualquiera. Becas retiradas en California, en París, interrupciones forzadas por la política, el vaivén de un sistema que premiaba y castigaba según el capricho del poder de turno. Pero Lucho aprendía inglés donde había inglés, francés donde había francés, agronomía donde había agronomía. Cuatro universidades, tres países, tres idiomas. No eligió el camino fácil porque nunca se lo ofrecieron. Eso lo hizo extraordinariamente libre.
La segunda lección fue que la versatilidad no es dispersión. Es profundidad en múltiples registros. El mismo hombre que recorrió fincas chiricanas a caballo financiando la industria del ron y del arroz llegó a presidir el Chase Manhattan Bank en Panamá, representó al país ante el FMI, el BID y el Banco Mundial, y escribió poemarios de una sensibilidad que sorprendía a quienes solo lo conocían como banquero. Lucho no tenía partes separadas: tenía capas. Y en cada capa había rigor, había pasión, había coherencia.
La tercera lección fue que los principios no se negocian, pero se comunican con elegancia. Nunca lo vi perder la compostura para imponer un punto de vista. Tampoco lo vi ceder en lo esencial para complacer a nadie. Tenía esa rara habilidad de decir verdades incómodas con una gracia que desarmaba antes de que el interlocutor pudiera ponerse a la defensiva.
La cuarta lección llegó en sus años de Rotary: el servicio genuino construye instituciones, no monumentos al ego. En Rotary, Lucho creó foros, boletines, distinciones y levantó un monumento físico a la confraternidad costarricense-panameña en la frontera de los dos países. No para que llevara su nombre, sino para que dijera algo sobre lo que él creía posible entre los pueblos.
Y la quinta lección, la más difícil de imitar, fue su modo de envejecer: hacia adelante. Más curioso con los años, más generoso con las ideas ajenas, más vivo. Tenía la intensidad de quien sabe que el tiempo es precioso y la alegría irreductible de quien ha decidido no desperdiciarlo en amarguras.
Su nieto lo definió mejor que cualquier currículo: fue el hombre que enamoró a Josefina, padre ejemplar, abuelo amado, amigo leal. Yo añadiría una cosa más: fue el tipo de panameño que nos recuerda, en tiempos de escepticismo fácil, que este país produce hombres de una pieza. Que el interior da. Que la tenacidad, cuando va acompañada de inteligencia y de valores, produce panameños que dejan huellas para la eternidad.
La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social y expresidenta de la Junta Nacional de Escrutinio.
