Todas las crisis son oportunidades, sobre todo porque ellas nos dejan muchas lecciones. Y toda experiencia que implique aprendizajes debe evaluarse como positiva.
La ley 406 de 2023, que con tanto esmero defendió el actual gobierno (incluso sirvió como instrumento de terror por uno que otro personero de la actual administración), fue el detonante de la grave crisis, y digo detonante, que no causa única.
Todo lo vivido desde el 20 de octubre es historia patria con sus luces y sombras, con puntos de vista encontrados, con un pueblo que se volcó a las calles. Las imágenes no mienten, aunque haya quienes se esfuerzan por minimizar las cantidades y la calidad de las protestas.
Y de todo ello esperamos que queden bien aprendidas las lecciones. Entre ellas, que el pueblo se cansó de la corrupción y los madrugonazos, de leyes inconsultas y que no ponen el bien del país en primer lugar. Que una ley sea mejor que la anterior en las prebendas y beneficios no significa que sea buena, digna ni justa.
Aprendimos, Panamá, que podemos creer en la Corte Suprema de Justicia, que la unión hace la fuerza (y no es un simple eslogan), que la casa de todos la podemos cuidar como se debe, que no hay poder político, económico, represivo y mediático que pueda doblegar a un pueblo unido que reclama justicia; que en nuestros tiempos existen los héroes, a quienes ni las presiones ni amenazas ni la pobreza misma amedrentaron; que somos un pueblo noble que protesta cantando; que tenemos vocación democrática, a pesar de que a la nación ciertos poderes macabros quieren echarle el diente en la oscuridad de la noche, del juega vivo y de la impunidad.
Aprendimos, Panamá, que solo con sacrificios los gobiernos indolentes nos escuchan y que tenemos que luchar contra medios de comunicación social que dieron prioridad a las afectaciones más que al problema de fondo (y no quisiera pensar que se deba a los millones de dólares que en pautas comerciales invierte el gobierno con el dinero que usted y yo pagamos en impuestos en esos medios de comunicación)
Aprendimos que esconderse como el avestruz no sirve de nada, que los problemas se enfrentan, que la Asamblea Nacional es dantesca, que las caras más famosas del gobierno de turno se escondieron o por lo menos dejaron de aparecer en público. Y aprendimos, con dolor, que nuestros impuestos se regalan en supuestos auxilios económicos, en una costosa asesoría para elaborar la ley de la muerte y en viajes superfluos sin grandes beneficios para la población
Aprendimos también que hay causas que son de todos: obreros, grupos originarios, productores, educadores, enfermeras, pescadores, campesinos, profesionales, iglesias, influenciadores… Y sobre todo aprendimos que nuestro mayor capital es la juventud, que hizo suya esta lucha y que nos demostró que cuando la acusamos de estar sumergida en las redes sociales, no significa que evada el día a día. Su fuerza, entusiasmo e ímpetu ha puesto a todo un sistema a repensarse. ¡Ay de quienes no quieran aprender estas lecciones!
El autor es profesor universitario y de educación media
