Latinoamérica avanza hacia 2026 con una sensación dual: un clima de estabilidad que empieza a consolidarse y, al mismo tiempo, la persistencia de problemas estructurales que impiden un despegue más decidido. El informe Perspectivas Macroeconómicas de Deloitte Spanish Latin America, elaborado por Econosignal, ofrece una fotografía clara: la región crece, pero lo hace con cautela, en un entorno donde las mejoras conviven con fragilidades que no terminan de resolverse.
Uno de los avances más evidentes es la desinflación. La mayoría de los países logró reconducir la inflación hacia niveles cercanos a las metas de sus bancos centrales. Chile, Paraguay, Costa Rica y Perú operan ya dentro de rangos entre 1% y 3%, lo que ha permitido recortes graduales en las tasas de política monetaria. En Brasil y Colombia, la inflación también se modera, aunque con suficiente rigidez como para exigir prudencia adicional. Pese a las diferencias, la región ha dejado atrás la fase más compleja del ciclo inflacionario reciente.
El comportamiento cambiario también muestra signos de mayor equilibrio. Colombia, México y Chile han registrado apreciaciones moderadas de sus monedas, apoyadas tanto en expectativas internas más favorables como en un contexto financiero internacional más estable. En contraste, Argentina y Venezuela continúan bajo dinámicas propias de economías con desequilibrios profundos, donde los mercados cambiarios oficiales ofrecen señales distorsionadas de la realidad.
El crecimiento económico sigue siendo la mayor fuente de contraste. México se mantiene en una trayectoria de bajo dinamismo: 2025 habría cerrado con un crecimiento marginal y, para 2026, se proyecta apenas 1.4%, afectado por la revisión del T-MEC, la caída de remesas y la insuficiente inversión pública. En el otro extremo aparece un grupo de economías más vigorosas, entre ellas Panamá, Costa Rica y República Dominicana, que lograron sostener un ritmo de expansión superior al promedio regional.
Panamá destaca por su capacidad de crecimiento en medio de la incertidumbre. Aunque el fallo sobre concesiones portuarias y la indefinición respecto a la mina de cobre generan dudas, organismos multilaterales proyectan que el país crecerá por encima del 4% en 2026. El Canal, la actividad logística y una base de servicios diversificada siguen actuando como amortiguadores naturales ante choques externos.
En Sudamérica, la dinámica es igualmente variada. Argentina intenta encauzar un proceso de estabilización que combina una rápida caída de la inflación, recuperación de reservas internacionales y expectativas de crecimiento para los próximos dos años. Chile enfrenta la necesidad de un ajuste fiscal más profundo y una reforma tributaria que parece inevitable. Perú, apoyado en el nuevo hub logístico del puerto de Chancay, busca consolidar un rebote económico pese a la volatilidad política. Colombia, en cambio, presenta un panorama más desafiante: tasas de interés elevadas, una agenda fiscal incierta y mayor dependencia de las remesas como fuente de divisas.
En Centroamérica, la economía se mezcla cada vez más con la geopolítica. El Salvador obtuvo un impulso clave con la eliminación del arancel del 10% que afectaba sus exportaciones hacia Estados Unidos, un cambio que podría transformar su sector productivo. Guatemala, pese a los problemas de seguridad, mantiene una macroeconomía sólida y un crecimiento cercano al 4%. Honduras y Nicaragua avanzan, aunque con señales de vulnerabilidad asociadas a menor inversión extranjera directa y tensiones institucionales.
Un elemento clave para la región será el comportamiento de los commodities. La reciente caída en los costos de transporte marítimo —reflejada en el Baltic Dry Index— sugiere un menor dinamismo comercial global y una demanda china más moderada. Para los países exportadores de materias primas, este factor influirá directamente en los ingresos fiscales, la balanza comercial y la actividad económica.
En síntesis, Latinoamérica transita un periodo de estabilidad moderada, pero todavía lejos de un crecimiento robusto. La pregunta no es si la región crecerá, sino a qué ritmo y con qué capacidad de sostener ese crecimiento. Si bien hay señales alentadoras —inflación contenida, monedas más estables y un comercio intrarregional que se recupera—, persisten desafíos fundamentales: baja productividad, debilidad institucional, brechas fiscales y escasa inversión.
La región avanza, pero aún no despega. Y su reto central sigue intacto: dejar de ser un continente que resiste para convertirse en uno que realmente prospera.
El autor es socio líder de Deloitte Panamá.
