Panamá posee ya la infraestructura, la experiencia y la ruta. La verdadera decisión es si queremos utilizar nuestros propios activos para desarrollar todo el país o seguir concentrando la riqueza en la misma franja interoceánica.
Panamá enfrenta hoy una decisión estratégica que trasciende lo técnico. Es, en realidad, una decisión sobre el modelo de país que queremos construir.
A veces pareciera que en Panamá existe una extraña contradicción nacional: hablamos constantemente de desarrollo, pero cuando aparece una oportunidad real de generar riqueza para el país, dudamos… o simplemente la ignoramos.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿le tenemos miedo al dinero cuando ese dinero puede entrar directamente al Tesoro Nacional?
Panamá posee ya un activo estratégico extraordinario: Petroterminales de Panamá, una empresa en la que el Estado tiene participación mayoritaria y control sobre una infraestructura crítica.
A diferencia de un proyecto completamente privado —donde el país recibe únicamente impuestos— aquí ocurre algo mucho más valioso: las utilidades netas ingresan directamente al Estado panameño.
Pero hay un hecho aún más importante: Panamá no parte de cero.
Durante más de cuarenta años, Petroterminales ha operado exitosamente un sistema que conecta ambos océanos mediante terminales marítimas de calado profundo, estaciones de bombeo, patios de almacenamiento y sistemas de control plenamente operativos. Hoy, esa infraestructura tiene una capacidad aproximada de siete millones de barriles por mes.
El activo más valioso, sin embargo, es invisible para muchos: 131 kilómetros de servidumbre ya existentes. Ese derecho de vía representa un ahorro gigantesco en inversión inicial y permite incluso instalar tuberías adicionales paralelas a la actual.
En el terminal de Chiriquí Grande existe, además, un sistema de boyas para carga en mar abierto y amplias instalaciones de almacenamiento.
Aprovechar esta infraestructura no solo es financieramente lógico, también reduce el impacto ambiental al utilizar una huella ya existente.
Por el contrario, trasladar este tipo de infraestructura hacia la región del Canal de Panamá aumentaría la presión sobre un espacio geográfico que ya se encuentra saturado y cuya prioridad debe ser preservar la operación segura del Canal y la integridad de su sistema hídrico.
Pero el argumento más importante es otro.
Durante décadas, Panamá ha concentrado la mayor parte de su actividad económica en la estrecha franja interoceánica donde opera el Canal. Esa región ha capturado los beneficios de nuestra posición geográfica, mientras amplias zonas del país permanecen desconectadas del dinamismo del comercio global.
Aprovechar la infraestructura existente de Petroterminales significaría llevar desarrollo al occidente del país y comenzar a corregir uno de los desequilibrios territoriales más profundos de nuestra historia.
No se trata solamente de eficiencia económica.
Se trata de convertir la posición geográfica de Panamá en prosperidad para todo el país, y no únicamente para el enclave privilegiado de la región interoceánica.
Las grandes decisiones nacionales no pueden tomarse desde la improvisación.
Debemos proteger el Canal de Panamá, no ponerlo en riesgo.
Debemos aprovechar los activos que ya posee la nación, no ignorarlos.
Porque los países que prosperan no son aquellos que improvisan constantemente.
Son aquellos que reconocen el valor de lo que ya poseen y lo utilizan con inteligencia para construir el futuro.
Y Panamá posee algo que muchos países del mundo desearían tener: una posición geográfica extraordinaria y los activos necesarios para convertirla en prosperidad.
La geografía le dio a Panamá un privilegio extraordinario.
La historia dirá si tuvimos la visión de convertirlo en prosperidad para toda la nación.
El autor es exdirector de La Prensa.


