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Lecciones amargas

Lecciones amargas
Personas observan edificios colapsados por los terremotos, en La Guaira (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

Las imágenes de la destrucción y la muerte en diversos lugares de Venezuela son generosas; las tumbas prematuras guardan los estruendos de la tierra rota, las losas de concreto callan el dolor y los latidos, las grietas entre ellas no pueden ocultar los dedos y las manos que le escarban a la esperanza en busca de un último haz de luz, un aliento de oxígeno, una mirada seca y miope entre el polvo, ya sin lágrimas, que se escapa en los ojos de los rescatistas.

La naturaleza nos reclama solidaridad entre nosotros y nos pone a prueba. Dura prueba, duras pruebas. También, la solidaridad que venza los desagradables y dañinos apetitos nuestros por ella, a quien no cuidamos lo suficiente o descuidamos, a quien no le tememos porque la creemos lejos en su furia y cerca de nuestro enriquecimiento material.

Solidaridad con ella es respetarla y cuidarla, no diezmarle ni robarle las riquezas de sus entrañas, no inventar excusas ni urgencias para hacerlo, ni promover su explotación, que también explota y engaña a los hombres, las mujeres y los niños que la habitan, porque es más fácil y está más cerca una pala que le extraiga el oro y una sierra que le corte troncos y flores que volcar los esfuerzos y las empresas para honrar la dignidad del otro, atender sus necesidades y llevarles educación y salud, que producen bienestar y riquezas.

Otra vez, no habrá tal lejanía de la destrucción y la muerte cuando la furia se escuche nuevamente. Son sus tiempos y no los nuestros. Es su fuerza y no la nuestra. La inmensa y siempre poderosa, la que redefine continentes y fronteras, es la Naturaleza bajo los mares y sobre los cielos, no nuestros ejércitos, tampoco nuestros desplantes y sordera, no nuestra temporal hegemonía entre las naciones o el trueque vulgar de la mercancía. ¿Qué autoridad tiene nadie para reclamarle su indiscriminada violencia y destrucción, si nosotros cometemos los mismos crímenes contra nuestro prójimo, cuando solamente lo reconocemos para explotarlo, solo lo queremos como carne de cañón, cuando le negamos sus derechos y su honra, su lugar entre nosotros, cuando lo abandonamos en su pobreza y enfermedad?

No creo en rechazar ninguna ayuda humanitaria, pero sí rechazo a quienes, frente al escenario de horror que hoy ofrece Venezuela, hacen proselitismo político o ideológico. No es que Bukele, Trump o Erdogan se hayan vuelto buenos y amables, ni que se hayan confesado y hayan sido perdonados por los hombres y mujeres que han maltratado. O por los crímenes de lesa humanidad que se cometen cuando abandonan organizaciones mundiales de ayuda contra el hambre, la enfermedad y el analfabetismo.

Como se lee en el verso de la poesía de Irene Solá: “No me obliguéis a deciros que después, cuando me hayáis clavado muy hondo, cuando la madriguera os resulte acogedora, leal y buena, cuando os hayáis tragado mi agua fresca, cuando hayáis cerrado los ojitos y hayáis puesto nombre a vuestros hijos. Que después volverá a golpear la violencia ciega, que es mucho más vieja que yo, mucho más infinita que yo, mucho menos misericordiosa que yo. Y aplicará nuevas fuerzas.”

Sí es cierto que el desastre experimental de 27 años de duración en Venezuela, que no solo expolió a su pueblo, sino que también le robó los instrumentos para responder con eficacia frente a urgencias sociales y humanas, enriqueció a una nueva élite de civiles y militares, que siempre tuvo la contribución nada deleznable de otros gobiernos ambidextros del continente. Para reconstruirla es necesario recordar que, frente al desastre de la furia de la Naturaleza, lo que está en juego es el respeto y la promoción de la dignidad humana, de las libertades y los derechos de sus gentes, que todavía rechazan los autoritarismos y las dictaduras de aquí y acullá, porque, tarde o temprano, podrían volver a padecerlos.

El autor es médico.


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