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Lecciones de liderazgo

El general Douglas MacArthur afirmó: “los viejos soldados nunca mueren; simplemente se desvanecen”. Esto aplica a algunos líderes políticos. En Panamá, son pocos los que no se han desvanecido de nuestra memoria colectiva.

Belisario Porras, Arnulfo Arias Madrid y Omar Torrijos siguen vigentes. Manuel Amador Guerrero, Harmodio Arias y Roberto F. Chiari resurgen de tiempo en tiempo. Me referiré a dos líderes políticos panameños cuyas memorias parecieran desvanecerse: Ricardo Adolfo De la Guardia y Ricardo Arias Calderón.

De la Guardia ocupó la Presidencia de la República entre 1941 y 1945, completando el periodo presidencial del doctor Arnulfo Arias. Siendo ministro de Gobierno, fue designado “encargado del poder Ejecutivo” por el Consejo de Gabinete, mediante un golpe de Estado al presidente Arias.

El 18 de octubre de 1941, el Gabinete emitió una resolución publicada en la Gaceta Oficial, la número 8642 de 24 de octubre de 1941, concluyendo que “deja de ser ministro para convertirse en presidente y como tal debe ser considerado”.

Esta se motivaba en que “el ciudadano que ejerza en estas condiciones la Presidencia, no lo hace como un simple encargado del poder Ejecutivo, sino que ha reemplazado de hecho y de derecho al presidente, con las atribuciones de tal. Es decir, que se convierte a su vez en presidente de la República”.

Pese al aparentemente débil sustento de su designación, el presidente De la Guardia lideró el país durante el periodo de mayor pujanza económica hasta ese entonces. Tal bonanza estaba sustentada en el apoyo de Estados Unidos, con el cual su gobierno mantuvo una fuerte alianza estratégica y económica.

A pocos meses de su ascensión, Estados Unidos ingresó como beligerante a la Segunda Guerra Mundial. Antes de la declaración de guerra, autorizó el armamento de naves ante “el hundimiento de naves con bandera panameña, efectuado por fuerzas navales del Gobierno alemán”, según consta en la Gaceta antes citada.

Para 1945, acercándose el final de la guerra y del periodo presidencial, De la Guardia convocó a una Asamblea Constituyente, confiado en que esta lo ratificaría en el poder. No obstante, la Constituyente nombró a Enrique A. Jiménez como presidente provisional. Con dignidad, De la Guardia se apartó del poder. Su memoria, como la del viejo soldado de MacArthur, comenzó a desvanecerse. A siete décadas de su salida, la patria debe rendirle homenaje.

Arias Calderón no llegó a ocupar la Presidencia. No fue por falta de oportunidades. Lideró por varias décadas el Partido Demócrata Cristiano (hoy Partido Popular). Enfrentó a los gobiernos dominados por los militares que lideraron el país durante más de dos décadas.

Siendo el referente ideológico de la oposición, aceptó acompañar al doctor Arias como candidato a la segunda vicepresidencia en 1984. Luego de la debacle de las elecciones de ese año, retomó el liderazgo de la oposición hasta las elecciones de 1989. Ese año aceptó nuevamente poner a un lado sus propias aspiraciones presidenciales para apoyar la nómina liderada por el presidente Guillermo Endara.

Ocupó la primera vicepresidencia de la República y el Ministerio de Gobierno y Justicia, diseñando el modelo de la Fuerza Pública en democracia sin desmembrar las Fuerzas de Defensa, por lo que recibió fuertes críticas.

A más de tres décadas, dicho modelo jerárquico entre los estamentos armados y civiles ha demostrado ser un garante de nuestra democracia. Desavenencias políticas con Endara lo llevaron a renunciar a la vicepresidencia con la dignidad de un estadista. Arias Calderón es sin duda el “presidente que no fue.” Supo ceder, desprenderse, perdonar, aleccionar y liderar. No podemos permitir que su memoria se desvanezca. Tiene un lugar de honor en la historia de nuestra República.

La legitimidad de un líder no está en cómo llega al poder, sino en cómo lo ejerce y como deja el poder. La presidencia de Ricardo Adolfo De la Guardia así lo reflejó. La legitimidad de un líder tampoco está en los títulos que se ostenten, sino en los logros de la gestión. Arias Calderón no llegó a ser presidente de la República, pero cimentó las bases de la democracia. Sus memorias no deben desvanecerse.


El autor es educador y escritor


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