Panamá ha visto diferentes patógenos ir y venir a lo largo de su historia, comenzando hace más de 3 millones de años, cuando el istmo se formó como un puente terrestre que conecta América del Sur y del Norte, permitiendo movimientos a gran escala de ida y vuelta de plantas y animales.
Posteriormente, con la llegada de los conquistadores llegaron patógenos que provocaron varias epidemias. Las pandemias son trágicas, pero los patógenos y las enfermedades tienen una larga historia de moldear la vida en América tropical, una tragedia que continúa hoy; ya que la fiebre amarilla, el dengue, el chikungunya, la malaria, la leishmaniasis, las encefalitis equinas virales y otras no han desaparecido.
Hace más de un siglo, la construcción del Canal de Panamá se vio obstaculizada por las enfermedades, hasta que las autoridades apostaron por la ciencia en búsqueda de estrategias de salud pública.
El Jefe de Sanidad del Canal, el Dr. William Gorgas, se basó en los últimos descubrimientos científicos de la época, cuando el Dr. Walter Reed y el médico cubano Carlos Juan Finley descubrieron que la fiebre amarilla era transmitida por mosquitos.
Gorgas fue pionero en programas de salud pública a gran escala para controlar y erradicar localmente la enfermedad. Primero en La Habana, y luego en Panamá, Gorgas liberó al pueblo de un flagelo mortal.
¿Qué hizo Gorgas? Su ejército de trabajadores sanitarios implementó medidas de mitigación basadas en el conocimiento más reciente de la biología de sus enemigos, el mosquito Aedes y el virus de la fiebre amarilla. Para crear barreras entre los huéspedes (personas) y los mosquitos vectores del virus, Gorgas ordenó poner mallas en todas las ventanas y puertas (¡mascarillas para los edificios!).
Para disminuir el contacto entre las personas y los mosquitos, cortaron la vegetación y drenaron el agua alrededor de los edificios, por lo que el hábitat favorable para los mosquitos estaba más lejos de las personas. Los pacientes infectados fueron puestos en cuarentena en salas de aislamiento con mosquiteros. Estas medidas redujeron drásticamente la incidencia de fiebre amarilla y otras enfermedades arbovirales. El Canal se construyó y el papel de Panamá como centro global se expandió debido a los avances en salud pública.
Hoy Panamá une al mundo con el transito anual de más de 12.000 barcos que cruzan el Canal, y sobre 18 millones de personas que pasan por el aeropuerto internacional de Tocumen.
Como se esperaba para los hubs, la primera ola de Covid-19 afectó especialmente a Panamá, con la introducción de muchos linajes virales de viajeros procedentes de Europa y Norteamérica entre enero y febrero de 2020, con el primer caso confirmado el 8 de marzo, cuando llegó un visitante positivo procedente de España. Se detectaron diversas cepas en la circulación general y los hospitales se llenaron rápidamente. La pobreza, la desigualdad de ingresos y el acceso universal a servicios de salud de alta calidad son desafíos importantes en América Latina, que se ven agravados por la pandemia en curso.
Como en la época de Gorgas, al inicio de la pandemia, los líderes locales apostaron por los científicos. Dos meses después de que se detectó el primer caso, Panamá implementó y aplicó un mandato nacional para el uso obligatorio de mascarillas, a pesar de la incertidumbre inicial sobre la eficacia de las mismas, o cuáles se necesitaban, cuándo y quién podía obtenerlas, según el suministro y el costo.
Con colegas del Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología (INDICASAT AIP), Complejo Hospitalario Arnulfo Arias Madrid, Secretaria Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT), el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, el Instituto de Ciencias Médicas en Las Tablas, Universidad de Cambridge, y el Instituto de Investigaciones Tropicales Smithsonian (STRI) realizamos observaciones sobre el comportamiento de uso de mascarillas durante las dos primeras oleadas de la pandemia en cuatro regiones de Panamá, cuando la evidencia científica se hizo cada vez más fuerte de que las mascarillas funcionan como una herramienta profiláctica que prevenía la infección y transmisión de la Covid-19.
En ese momento, más del 95% de las personas cumplieron con el mandato de uso de la mascarilla, aunque no todos lo hicieron correctamente. Entre la primera y la segunda oleada, la gente disminuyó el uso de máscaras de tela y aumentó el uso de mascarillas quirúrgicas.
Los adultos jóvenes, siempre más arriesgados, eran ligeramente menos propensos a usar máscaras que los adultos mayores. Los peatones en áreas vecinales eran menos propensos a usar máscaras que aquellos en entornos más urbanos, como las terminales de transportes y avenidas comerciales, aunque el uso general se mantuvo muy alto.
Con la primera oleada, más del 10% de la población de Panamá se infectó y el 98% de los infectados se recuperaron de la Covid-19. El Ministerio de Salud informa que más del 53% de las personas están completamente vacunadas y el 67% recibió su primera vacuna (fuente: https://covidvax.live/location/pan, consultado el 9 de octubre).
Las tasas de vacunación en Panamá están limitadas por las desigualdades mundiales en la disponibilidad de vacunas. La variante Delta y otras, incluida la nueva preocupante variante Mu, han estado circulando durante meses. Sin embargo, a nivel nacional, el número total de casos activos sigue disminuyendo con aproximadamente 200 nuevos casos por día, y la tasa de reproducción del patógeno, Rt, (un valor que indica el número de personas sanas que pueden contagiarse de una persona enferma) es menor de uno, lo que indica baja transmisión a nivel nacional.
El cumplimiento de los mandatos de uso de mascarillas y los requisitos de distanciamiento conductual sigue siendo alto. En el uso de mascarillas Panamá es un ejemplo, sin embargo, siempre existe la tentación de quitar su obligatoriedad como han hecho en algún momento otros países.
El sacrificio y la responsabilidad individual y ciudadana que ha demostrado el pueblo panameño ha permitido que las estrategias de salud pública implementadas por las autoridades de Salud, como el uso de mascarilla, el distanciamiento social y la vacunación, estén dando buenos resultados en el manejo de pandemia. Pero debemos ser muy consistentes de lo alcanzado, para no retroceder.
Como advertencia para el pueblo panameño, ¿qué pasaría si no hubiera un mandato de uso de mascarilla o si la población no cumpliera? Una observación anecdótica puede resultar esclarecedora. Aunque existen importantes diferencias culturales y económicas, podemos comparar a Panamá con el estado de Carolina del Sur en Estados Unidos. Ambos lugares tienen aproximadamente el mismo tamaño geográfico, de población (4.4 millones de habitantes en Panamá, y 5.1 millones de Carolina del Sur) y tasas de vacunación Covid-19 similares, aunque el número de personas vacunadas en Panamá está aumentando más rápidamente que en Carolina del Sur. La mayor diferencia es que Carolina del Sur no tiene mandato de uso de mascarilla y Panamá sí.
Si comienza a preguntarse si podemos aflojar el uso de mascarillas, tenga en cuenta que Carolina del Sur reporta en promedio casi 29 casos nuevos por cada 100 mil personas y las personas no vacunadas son principalmente las personas hospitalizadas, mientras que Panamá reporta 3 casos por cada 100 mil habitantes y esta incidencia sigue en declive (fuente: 15 de octubre, NY Times).
Panamá tiene la suerte de tener otro legado en conmemoración a William Gorgas, el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, un centro centenario nacional de excelencia científica dedicado a comprender y manejar las enfermedades tropicales que trabaja de la mano con el Ministerio de Salud. Gorgas estaría orgulloso de su legado en Panamá.
Un enemigo implacable de los mosquitos y sus microbios, el Dr. William Gorgas nos mostró cómo liberarnos de una enfermedad potencialmente fatal, con el uso persistente de herramientas simples, cuando una vacuna todavía era un sueño.
Un siglo después, sus herederos científicos saben que lo mismo ocurre con Covid-19, que nuestra libertad vendrá de la misma manera, a partir del uso persistente de herramientas públicas simples, como el uso de mascarillas y modificaciones de comportamiento para mantener la distancia adecuada en entornos cerrados, el uso de comportamientos higiénicos como el lavado de manos, mientras fortalecemos nuestro sistema inmunológico con las vacunaciones.
A medida que los casos de Covid-19 continúan cayendo en el país, ahora es el momento de recordar nuestra historia y la lección que Gorgas nos enseñó sobre el valor de la acción colectiva para controlar las enfermedades transmisibles. Las enfermedades a veces desaparecen, pero rara vez se extinguen. La pandemia no termina hasta que los países logren controlarla, lo que todavía no es el caso.
Para concluir, nos quedamos con la frase del escritor Albert Camus de su gran libro La Peste: “todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”. Así que recordemos el legado del Dr. Gorgas, apoyémonos en el conocimiento científico, y ¡pongámonos la mascarilla!
Hermógenes Fernández-Marín es científico en INDICASAT-AIP.
Sandra López-Vergès es científica senior en salud en el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud.
William T. Wcislo es científico senior en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.
