TRIBUTO

Un lector de Rosa María Britton

Supe la noticia por la noche y dormí con sus libros amontonados en la mesita de noche. Los saqué de la estantería, me puse a hojearlos y a ojearlos con tristeza, con sensación de inventario, mirando cada título suyo como una voz alzada contra el olvido.

Soy un lector tardío de Rosa María Britton. Al principio de leerla la envidiaba, será porque quería verle fallos, pero su rejera de buenas letras me sacó de mi necedad para enseñarme buenos caminos para recorrer en mi propia búsqueda.

Escritora de escenarios, de interiores y exteriores, de personajes sólidos, de argumentos sin paliativos ni mojigaterías ni pleitesías a fantasmas del pasado: Rosa María Britton supo levantar una obra que deleita, que enseña sin pretensiones desde una detallada documentación que sustenta la verosimilitud, nunca la verdad, de sus obras. Porque la verdad es otra cosa en literatura.

“Quién inventó el mambo”, “El ataúd de uso”, “Laberintos de orgullo”, o su entrañable “Tocino del cielo” (que toca el tema de la migración con ternura y cercanía, una novela de amor para estos tiempos de la cólera y la rabia contra el extraño), son títulos que hay que ir a buscar cuanto antes y ponerse a leer. No cabe mejor homenaje para una escritora.

Nunca le agradeceré lo suficiente su manera de decir las cosas. Directa como un buen cuento, ganando por nocaut siempre. Y siempre con altura intelectual y con respeto: los que se sentían con ella siempre me parecieron unos blanditos de piel, que necesitan con urgencia un buen dermatólogo dialéctico: a los debates se viene llorado y curado de heridas. Y el amor por la Biblioteca Nacional. Cuánto trabajo bien hecho. Y por la Feria del Libro, estuvo allí, al principio de todo, como recuerda siempre Priscilla Delgado. Una escritora que ha sido tantas cosas y que tantas lecciones deja para leer, para imitar, para no olvidar. Gracias Rosa María, gracias por las letras, el cariño y la memoria.

El autor es escritor

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