En medio del despertar cívico de estos días, la digestión de la rabia por la indecencia política y la impresión triste que causa la suspensión de las fiestas patrias (la decisión más sensata que ha tomado este gobierno nefasto), toca hacer balance sobre nuestra circunstancia porque estas experiencias van a pasarnos una altísima factura en términos de salud democrática. La tergiversación de términos como pueblo, patria o democracia es tan evidente que amenaza con meternos en un callejón sin salida.
Y lo digo porque en medio del revulú salió un grupo de diputados pidiendo perdón por no haber leído el contrato minero, o simplemente haberse dejado “engañar” por otros que parecían más inteligentes o preparados. Estos diputados, que al arrepentimiento tendrían que sumar su inmediata renuncia demuestran, al no hacerlo, que poco les importa lo ocurrido y que nos habría salvado un poco de interés lector y de pensamiento crítico.
A la recuperación de poemas, cuentos, canciones y demás manifestaciones del sentir patrio, hay que sumar la necesidad de volver a leer, de volver a pensar. No es sembrar banderas y quedarse en el gesto, es redoblar el sentido crítico, es desmontar mitos patrios y madurar como ciudadanía, es no permitirnos que peligre la democracia, ni la libertad de pensamiento, ni de expresión o la sana petición constante de cuentas a los que administran este país que es responsabilidad de todos.
Ya son muchos años de predicar en desierto (la gente no lee, no quiere pensar), pero parece que no hay mejor escuela que la de la ruda realidad pateándonos la ingenuidad de “país mejor situado de la región” para que despertemos a la verdad del ruinoso país que estos días tendríamos que estar celebrando. Que viva Panamá, claro, pero leyendo, pensando y con sus ciudadanos vigilantes desde el criterio: los corruptos están deseando que llegue diciembre para que nos relajemos en el buenísimo idiota que nos tiene comiéndonos un cable desde hace años.
El autor es escritor
