El 3 de mayo no es solo una fecha en el calendario. Es un recordatorio de que la libertad de prensa no está garantizada, se defiende todos los días. Proclamado en 1993 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en reconocimiento a la Declaración de Windhoek de 1991, el Día Mundial de la Libertad de Prensa no solo conmemora un principio: expone una realidad que sigue siendo frágil.
Hablar de libertad de prensa no es hablar únicamente de periodistas. Es hablar del derecho de cada ciudadano a saber, a entender y a cuestionar. Es el puente entre los hechos y la sociedad. Sin ese puente, lo que queda no es silencio, sino desinformación.
En teoría, el principio es claro: la prensa debe ser libre para investigar, publicar y opinar sin presiones. En la práctica, la realidad es más compleja. En muchos países, la censura no siempre llega en forma de prohibición directa; a veces se disfraza de presión económica, de manipulación institucional o de desgaste progresivo. Se limita sin prohibir, se condiciona sin declarar.
Y ahí está el verdadero riesgo: cuando la libertad no se elimina de golpe, sino que se erosiona lentamente.
La prensa independiente cumple un rol que no puede ser sustituido por ningún otro actor. No lo hace el poder político, porque sería juez y parte. No lo hacen las redes sociales, porque carecen de verificación estructurada. No lo hace la opinión pública por sí sola, porque necesita información confiable para formarse.
El periodismo, el serio, el que investiga, contrasta y sostiene sus fuentes, es una herramienta de control democrático. Permite evidenciar lo que no se quiere mostrar, incomoda cuando es necesario y sostiene la memoria colectiva de una sociedad.
Por eso, cuando se debilita la prensa, no solo pierden los medios. Pierde la ciudadanía.
No es casualidad que en contextos de crisis institucional o de abuso de poder, uno de los primeros objetivos sea limitar la información. Porque controlar lo que se sabe es, en gran medida, controlar lo que se piensa.
Sin embargo, la libertad de prensa no puede entenderse como un permiso sin límites ni como una licencia para publicar sin sustento. La libertad que realmente fortalece a una sociedad es aquella que se ejerce con seriedad, con criterio y con responsabilidad. Implica rigor, ética y un compromiso firme con la verdad. No se trata solo de poder decir, sino de saber cómo, cuándo y con qué fundamento se dice.
Pero también hay que decirlo con claridad: esa libertad no siempre se ejerce en condiciones iguales. Está condicionada por múltiples factores económicos, políticos e institucionales, e incluso por la naturaleza del medio desde el cual se informa. No es lo mismo ejercer el periodismo desde una estructura sólida e independiente que hacerlo desde espacios limitados por intereses, presiones o dependencia.
Y ahí está otro punto crítico: cuando la libertad existe solo en el papel, pero en la práctica está condicionada, deja de ser plena. Se vuelve frágil, selectiva y, en muchos casos, silenciosa.
Hoy, además, enfrentamos un desafío adicional: la saturación informativa. Nunca hubo tanto acceso a datos, pero nunca ha sido tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. En ese contexto, el valor del periodismo profesional no disminuye, aumenta.
Porque verificar, contextualizar y explicar se vuelve más importante que simplemente difundir.
En Panamá, como en muchas democracias, la libertad de prensa existe en el marco legal. Pero la pregunta que vale hacerse hoy no es si existe, sino cómo se ejerce y qué tan protegida está en la práctica.
¿Hay acceso real a la información pública? ¿Se garantiza el trabajo periodístico sin obstáculos?¿Se respeta la independencia editorial? ¿Se protege a quienes investigan temas sensibles?
Estas preguntas no son retóricas. Son necesarias.
El Día Mundial de la Libertad de Prensa no debería quedarse en declaraciones institucionales ni en mensajes formales. Debería ser un momento de evaluación honesta. Un espacio para revisar no solo lo que se ha logrado, sino lo que aún falta por proteger.
Porque la libertad de prensa no se pierde únicamente cuando se prohíbe, sino también cuando se tolera su debilitamiento.
Defenderla no es tarea exclusiva de los periodistas. Es responsabilidad de todos: de quienes informan, de quienes gobiernan y, sobre todo, de quienes leen, escuchan y deciden.
La libertad de prensa no es un privilegio del periodista; es un derecho del ciudadano. Y, cuando se intenta debilitar, lo que está fallando no es la prensa: es el país.
La autora es educadora.


