Los hijos llegan a una edad en la que se convierten definitivamente en “otros”. Dejan la mirada divertida y cómplice sobre sus padres para entornarla en gesto interrogativo o, algunas veces, de reproche. Pero la historia es así, es ley de vida, llena de grises, porque nuestra relación con ellos deja de ser perfecta muy pronto.
Ni en la Biblia encontramos una familia perfecta. Tolstoi arranca Ana Karenina diciendo que “las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, y es que la variedad de luchas y conflictos que la familia genera han dado para tantas grandes historias que, si bien es cierto que no debemos idealizarla, también lo es que tenemos que cuidarla. Sin familia, todo es peor.
Familia directa, la sobrevenida, la que escogemos, la que nos llega sin buscarla, cada una es un mundo que hay que sostener con dos valores fundamentales: el perdón y la paciencia. Tenemos que aprender a ser más pacientes, a amar con el perdón en la mano.
El futuro de la familia pasa por mantener “el afecto natural”. Negar la cercanía y el amor familiar es golpear el núcleo de lo que somos como especie. No me creo a los que constantemente niegan la vigencia y la necesidad de los vínculos familiares: son una minoría resentida y popular que quiere encandilarnos con su soledad de candilejas. A la hora de la verdad, tener a alguien cerca, es un remedio para las peores sombras.
Que nadie crea que la familia es un bien caduco. Aunque muchas terminen de la peor manera en los libros, también hay grandes heroísmos familiares. Destruir a la familia es, sobre todo, un asunto de afecto. Y todos podemos mejorar en eso: querer más no cuesta nada, perdonar y ser paciente no cuesta nada más que nuestro orgullo, y fortalece el tejido social como no lo puede hacer ninguna ley. “Amor y control”, como canta Rubén.
El autor es escritor
