EL MALCONTENTO

Los límites de la ‘objetividad’: Paco Gómez Nadal

Los límites de la ‘objetividad’: Paco Gómez Nadal
Los límites de la ‘objetividad’: Paco Gómez Nadal

Intento comprendernos. No lo consigo. Me refiero a que intento comprender a los periodistas y a los medios de comunicación, pero no lo consigo. Para nadie es un secreto que los medios de comunicación somos maquinarias poderosas de emitir simbología y de fijar imaginarios, capaces de empujar a la sociedad al fanatismo o a la discusión racional, a la convivencia en respeto a la diversidad o a la homogeneización basada en discursos dominantes que dependen del poder de turno o de la ignorancia imperante.

Para nadie puede ser una novedad que ese poder obliga a una responsabilidad especial que, además, no es tutelada ni fiscalizada por nadie: ni ciudadanos ni instancias públicas. Por desgracia, no practicamos esa responsabilidad, ese autocontrol, sino que solemos escudarnos en la falsa objetividad; ese mito instalado desde hace décadas en las conciencias de profesionales y lectores.

Gaye Tuchman, una de las primeras investigadoras que estudió el papel de los medios de comunicación modernos, ya explicaba que “los periodistas tienen un repertorio limitado con el cual definir y defender su objetividad” y señalaba dicha objetividad como un ritual que nos permite justificar lo injustificable.

No comprendo, por tanto, lo que están haciendo algunos medios y algunos periodistas en Panamá en torno al proyecto de ley 61. Es cierto que no es el único ejemplo, pero quizá el que más alboroto ha provocado ha sido la entrevista que le hizo mi colega y amiga Castalia Pascual a una tal Amparo Medina, a la que Xavier Sáez-Llorens ha descrito, muy acertadamente, como “psicópata” y que, como mínimo, cometió varios delitos contra la seguridad pública en su ya tristemente famosa entrevista. Esta señora no solo pasó por los estudios de televisión, sino que fue invitada y patrocinada por la Iglesia católica panameña que, con panelistas como esta, demuestra no haber salido de las cavernas del oscurantismo inquisitorial. Listo, entonces a la “psicópata” la trajo la iglesia, fue acogida en el campus de la Universidad de Panamá (pública), le dejaron hablar en el colegio San Agustín (¡saquen a sus hijos de ahí!) y tuvo exposición pública. Entonces…¿de qué responsabilizo a Castalia Pascual y a TVN? Pues de que no todo el mundo debe tener espacio en los medios, no todos los argumentos pueden diseminarse, no se puede ser cómplice de todos los sectores de la sociedad. Los periodistas solemos argumentar en estos casos que nosotros somos objetivos, que no decidimos quién tiene o no razón, que entrevistamos a todos los sectores y dejamos que el público saque sus conclusiones. Falso. Eso es falso. Decidimos cada día cuánto tiempo damos a cada voz, a quién prestamos nuestros altavoces y cómo abordamos las entrevistas. La señora Medina es una terrorista de la palabra, que provoca tanta muerte y tantos problemas sociales como otros lo hacen con un cinturón explosivo. Es verdad, lo suyo, aparentemente, es menos violento, pero solo hay que conocer un poco de la teoría de la violencia (una lectura a Galtung no estaría mal) para saber que la violencia simbólica puede hacer más daño que la violencia directa o física.

Justificar las entrevistas a Medina es tanto como si en 1938 le hubiéramos permitido a Goebbels explicar, con detalle, la “solución final” en el principal medio de comunicación del país de aquella época. No se puede justificar que la demente teoría de la conspiración de Medina tenga espacio en medios masivos de comunicación.

No exagero. Siento decir que no exagero ni un ápice. La responsabilidad que tenemos periodistas y medios es muy alta. Y si algún día habrá que juzgar el papel de la horda de fanáticos, ahora quiero centrarme en mi profesión. La investigadora Eva Espinar afirma que “el proceder de los medios de comunicación en un contexto social dado no es inocuo; los medios no son meros observadores de los procesos sociales, sino participantes en los mismos” y algunos medios panameños –con sus periodistas– han tomado partido por el fanatismo en contra de la salud pública y el desarrollo social. No solo fue TVN, después Fernando Correa le regaló cerca de 20 minutos a la manipuladora “especialista” Medina y, para rematar, “el periodista” la anima en su discurso, al decir que el “ser intrínseco latinoamericano” es tener una sexualidad alegre que “no se tiene en otras partes del mundo”.

No hay que echar más leña al fuego de la irracionalidad, pero sí nos corresponde abrir un debate serio sobre cómo se hace periodismo en el país y para qué se hace. El contraejemplo lo encontramos, por ejemplo, en Perú, donde un medio, hace ya un año, desmontó una a una las mentiras personales y profesionales de Amparo Medina. La información estaba disponible para cualquiera. En esta profesión no valen las disculpas, sino la reflexión y la enmienda. Estoy seguro de que Castalia, al igual que otros muchos colegas, están abiertos a debatir y a buscar la manera de que nuestro trabajo sea reconocido como un aporte al bien común y no como una traba a la construcción de una mejor sociedad. El límite de la presunta objetividad es nuestra inevitable subjetividad (y la de nuestros medios) y para contrarrestarla solo tenemos a nuestro alcance los principios deontológicos que nos obligan a pensar en las consecuencias de nuestras decisiones.


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