Esta magistral obra de teatro de Franklin Domínguez, basada en el drama de Aristófanes, viene una y otra vez a mi pensamiento en estos tiempos en que el panorama político panameño se presenta con una crisis sin precedentes. Lisístrata le denomina “un virus maligno” a la política y exhorta a las mujeres a luchar por su exterminio.
Esto es lo que está sucediendo a gran parte de las personas capaces, decentes y honestas de este país, que abrumados por el lastre que han ido dejando los corruptos, no quiere involucrarse y ser contagiado de este virus. La mayor parte de las personas te dicen “no me meto en política porque eso es pura porquería”, dando paso a los peores representantes de nuestra sociedad. ¿Cómo vamos a cambiar el destino de nuestro país si no nos involucramos?
Nos catalogamos como “fuera de la política” y no nos damos cuenta de que participamos en ella con muchas de nuestras acciones. Cuando protestamos, cuando pasamos información por las redes, cuando nos activamos en una ONG, incluso cuando participamos en foros de nuestros grupos religiosos, estamos participando en la política, dado que estamos tomando decisiones u opinando sobre nuestro entorno.
La política también se relaciona con el quehacer del gobierno y esta es la cara a la que la gente le teme. Hemos hablado tanto de los políticos corruptos, que ya nadie se atreve a lanzarse, pues teme, aunque no sea cierto, ser señalado como un interesado que busca dinero y poder. “¿Para qué te vas a meter en ese berenjenal?”, te dicen unos. “Te van a embarrar”, te dicen otros. Esto ha causado un miedo colectivo a la participación, una paralización de los ciudadanos íntegros que no quieren que haya siquiera una duda o sospecha, simplemente por el hecho de querer colaborar.
Nuevas figuras, sin cola de paja, se han presentando al panorama político, pero son fuertemente censuradas todos los días y les sacan agendas misteriosas. Por un lado, se trata de los corruptos, que tienen miedo al cambio, pero por otro lado se trata de los ciudadanos que ya ven la política como ese “virus maligno” del que habla Lisístrata y no creen que buenas personas quieran hacer buenas cosas.
Para lograr cambios en nuestro país tenemos que empezar a cambiar nuestra percepción de la política y lograr que vuelva a ser ese interesante juego de resolver conflictos y tomar decisiones. Que los debates sean entre ciudadanos correctos, con diferentes visiones pero un único objetivo: salvar Panamá.
La autora es psicóloga clínica
