Se acaba el año. Ya nos comimos la Navidad y los pelaos salieron de la escuela. Lejos nos quedan las Madres y la resaca navideña nos nubla la reflexión del 20 de diciembre. Avanzamos hacia la cuenta regresiva que nos va a llevar al 2023, al “verano”, a las vacaciones y a la desconexión en la que, parece, nos sentimos cómodos.
Cuando en la cuenta regresiva lleguemos al cero y deseemos ¡Feliz 2023!, ¿estaremos listos para afrontarlo? ¿Cómo lo haremos? La cita anual con el paso del tiempo, que nos debe hacer más conscientes de lo irreversible de su tránsito, parece que nos engaña con el truco de sumar cuando en realidad restamos. Una aritmética positiva solo puede ser la que adquiera experiencia, pero a esas operaciones hemos renunciado hace tiempo.
Para este 2023 no olviden lo básico, es decir, que ya hemos vivido esto antes: fiesta, playa, vuelta a la escuela, corrupción, robadera, indiferencia ciudadana, un par de muertes de famosos, crisis, y regreso a la blandura de diciembre, con sus fiestas anestesiantes, y nos despertaremos en el 2024 con una papeleta en la mano y sin saber qué hacer. Así pasa de rápido un año y ¿estaremos listos?
Estemos listos, pero no para la foto. Estemos “siempre listos” como dice los Scouts, listos para celebrar y reflexionar, para mantenernos alerta y dispuestos a denunciar cualquier forma de corrupción; listos para no dejar pasar la oportunidad de hacer patria desde nuestra cotidianidad sin esperar a los políticos que erosionan nuestra maltrecha democracia; listos para ser agentes del cambio que tenemos que hacer en las urnas.
“¡Chuleta, no dejan ni gozá!”, dirán algunos, y no, no es eso, se trata de estar listos cuanto antes porque vendrá la lloradera, la maldita “realidad” a reírse de nosotros si no nos ponemos serios con nuestra circunstancia. Pasen feliz año 2023, por su puesto, pero ojo, con criterio reflexivo: el que parpadea pierde en cualquier momento, en un instante.
El autor es escritor
