Que la realidad panameña haya sido una de las grandes fuentes de nuestra literatura patria, no es un descubrimiento que le revele a usted, como una novedad, amable lector. Es una verdad contundente respaldada por más de un siglo de evidencias.
Y dado que esta primera aseveración puede llevarnos a dos equívocos: que sea un fenómeno particularmente panameño, o que como fuente de nuestra literatura tenga carácter de exclusividad, vale aclarar con contundencia que ni es solo panameño este fenómeno, ni es la única fuente de nuestro quehacer artístico de la palabra.
Amelia Denis de Icaza se hizo eco de la circunstancia histórica que cercenaba la soberanía nacional en su muy conocido Al cerro Ancón, Ricardo Miró lo hizo desde su poesía de la nueva realidad histórica y política que vivía Panamá; Herrera Sevillano no se sustrajo a la realidad de pobreza y desequilibrio social que azotaba al Istmo en los años 30 y 40.
Podríamos importar aquí un largo catálogo de quienes desde la pluma creativa y combativa han dado testimonio de su propia realidad en la larga lucha por la soberanía, sí, esa misma que parece estar en boca de todos en estos días.
La literatura panameña ha dado fe de esa contienda, del sueño soberanista, la lista de creadores sería interminable, pero también lo ha hecho contra ese otro flagelo histórico que nos ha golpeado cruentamente: la pobreza, la desigualdad, la mala distribución de la riqueza, entre cuya génesis se encuentra la cultura de la corrupción, el juega vivo, el qué hay para mí, robé, pero hice.
En este orden de ideas, me remito a una obra literaria que nos retrata tal cual somos: Loma ardiente y vestida de sol (1974) de Rafael Pernett y Morales, la novela de la miseria, de los barrios marginales, del lenguaje panameño, pero principalmente de las desigualdades y las faltas de oportunidades, la de panameños que viven en la opacidad, y la de los que viven en el brillo aparente.
Pero, más allá de todos los valores sociológicos y antropológicos que tienen la novela, por el propósito de este escrito, destaco, la vigencia. Los males que el autor narra y describe de mediados del siglo pasado siguen vigentes. Una pobreza material y moral que nos corroe a través del brazo peligroso de la corrupción, del entreguismo al capitalismo internacional voraz, la permisión de los oligopolios, los políticos electoreros y mentirosos, los negocios que desangran la patria, la carencia de modelos que nos llevan a creer, por lo menos en el imaginario popular, que trasgredir las normas es justificable, y lo peor de todo, el conformismo de quienes se sienten impotentes, de quienes prefieren callar o mirar hacia otro lado o quienes al servicio de los poderes, justifican todos los males, con la figura trágica y simplona de que así es el panameño.
A veces, los adolescentes idealistas me preguntan ¿para qué sirve la literatura panameña? Mi respuesta hoy, como ayer, es lean Loma ardiente y vestida de sol, porque hay una fuente que nunca se agota.
El autor es escritor y docente.
