La fiesta del Carnaval suma más de 5 mil años, desde ese rayo de luz surgido en la civilización sumeria, la primera conocida de la humanidad (territorio de los Estados de Irak y Kuwait).
El genio de Vinicius de Moraes patenta el sentido del rito: ‘La felicidad del pobre parece/la gran ilusión del Carnaval./La gente trabaja al año entero/por un momento de fantasía/ de rey o pirata o jardinera/y todo acaba el martes de Carnaval.
Una llamarada ante la calamidad y el ocurrir cotidiano. Llamarada que es transgresión, ruptura de la norma o costumbre, o liberación, según se vea. Para retornar a la rueda de la rutina y hasta al desasosiego. Lo cómico protagoniza el festejo, en el desfile, en el espectáculo, en la máscara, en el vocabulario, no importa si es el insultante o el soez. Es la parodia efectiva, como aquella de los Judas que son exhibidos en la carretera y después incinerados para expiar los pecados del Año Viejo.
En ese periodo breve y espectacular, en víspera de la quietud de aquel de la Cuaresma, se arma un mundo paralelo, una dimensión efímera, en el que el ser humano medieval se diferenció del patrón del Estado y la Iglesia. No nos parecemos o estamos en las antípodas.
Semeja catarsis este mundo paralelo. Es fuente primaria de liberación: destrucción, renovación y segunda vida, sustenta Mijail Bajtín (1895-1975), pensador e investigador ruso.
La transgresión es autorizada, valora Umberto Eco (1932-2016), filósofo y semiótico italiano. Ante órdenes y mandatos sociales, se ponen en duda otros códigos culturales. Es el mundo al revés, pero se refuerza la ley y se verifica la imposibilidad de una liberación integral.
Válvula de escape en sociedades jerárquicas. La Roma Antigua lo instrumentalizó. Y vinculó al dios Saturno el jolgorio, que no se desliga del batir religioso. Se desploma la festividad, y, de forma abrupta, amanece Miércoles de Ceniza, que inaugura un periodo de reflexión y purificación de las faltas. Ayer aluvión y hoy recato. Los sumerios lo habían creado para expiar los malos espíritus, llamar la abundancia de la cosecha y también para venerar a Apis, el dios de la fertilidad.
Una simbología que se convierte en conciencia colectiva: esa fascinación de Mardi Gras, el cuerpo femenino de Río, el fulgurante y centenario Pescao capitalino y los decadentes Tiburcio, Domitila y el rey Momo.
Choque de cultura y niveles jerárquicos. La manifestación popular de la risa contrasta con la cultura oficial, recuerda Bajtín. Contrasta también con la seriedad de los cultos, de caras largas. Ese sentido cómico confronta el dogma, que lo convierte en burla y blasfemia. Choque de visiones.
El poder encarrila su estrategia, y el rey se comporta como el pueblo, por lo cómico, de la comedia, Con el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal, se ponen en duda los códigos culturales. La ley se refuerza, al fin y al cabo, y, como la fiesta es fugaz, se refuerza la ley.
La subversión de la norma es perecedera, como anuncia Vinicius, y se advierte la imposibilidad de una liberación integral.
El autor es docente, periodista y filólogo
