Me llamo Nena, soy inmigrante y este país es mi hogar. Llegué sin boleto de regreso, pero con dos hijos, cinco camisas, seis maletas y el deseo de asegurar para mis pequeños un futuro mejor. Emigrar es difícil, tienes que adaptarte a otra forma de vestir, de comer, y hasta de vivir. Pero emigrar con hijos es aún más difícil, en especial, cuando ellos van creciendo y desarrollan un lenguaje diferente al tuyo.
Ser inmigrante es portar un carné que dice que no eres ilegal; pagar más por entrar a un museo y soportar que te llamen por tu gentilicio y no por tu nombre. Pero ser inmigrante también es disfrutar de platos que nunca habías probado, gozar de fiestas que desconocías y alentar a un equipo que no viste tus colores. Dicho de otra forma, ser inmigrante es intentar ser de aquí sin dejar de ser de allá.
Para trabajar necesito permiso y para vivir necesito residencia. Obtener ambos es difícil, primero porque el dinero no siempre alcanza para pagar mi trámite y el de mis hijos y, segundo, por lo engorroso que resulta tramitar en la oficina de migración. Afortunadamente, mi residencia ya no expira; sin embargo, cada año debo renovar mi permiso de trabajo.
Como inmigrante se me prohíbe ejercer cualquier profesión y participar en política. Lo de la profesión no es un problema para mí, pues no tengo ninguna para ejercer. Pero no puedo decir lo mismo acerca de la política, ya que amo vivir aquí y me interesa que nos gobiernen los mejores. Después de todo, este es mi hogar y es aquí donde crecen mis hijos.
Algunos nacionales dicen que los inmigrantes queremos quitarles su trabajo, y algunos inmigrantes responden con que los nacionales son xenofóbicos. ¡Qué absurdo! Un inmigrante no quiere el trabajo de nadie, un inmigrante –así como un nacional– quiere un trabajo que le permita sostener a su familia. Y un nacional no es xenofóbico, sino que un nacional –así como un inmigrante– cuida a su familia y la protege de lo desconocido. Y es que en el fondo ambos buscan lo mismo, proveer para sus seres amados y protegerlos de aquello que pudiera lastimarlos.
Sé que este no es un tema fácil de abordar, pues, en un mismo país, el inmigrante nunca será nacional y el nacional nunca será inmigrante. Pero, pese a que no nos entendamos a la perfección, todos debemos unir esfuerzos y luchar contra la inseguridad, la corrupción y el desempleo. Esos son nuestros verdaderos enemigos y son quienes, ciertamente, no deben ser bienvenidos en esta nación.
Aquí he conocido gente trabajadora, honrada y alegre. Por aquí han pasado dictaduras, invasiones, desastres naturales y escándalos de corrupción. Pero en medio de todo eso, su gente ha vencido toda adversidad, siempre con la frente en alto y con una sonrisa en su rostro.
No me importa que algunos nacionales me llamen por mi gentilicio o que hablen mal sobre el país donde nací, yo sé que esos son los menos y que, por cada uno de ellos, hay cinco que no son así. También sé que algunos inmigrantes insisten en hacer comparaciones despectivas entre sus países y este, pero esos también son los menos y, de igual forma, por cada uno de ellos, somos cinco los que no actuamos así.
El autor es abogado