-Un panameño observa las procesiones del Casco Antiguo y se pregunta: ¿de qué sirve el rito si el lunes regresamos al país estancado de siempre?-
Cada Viernes Santo, las calles del Casco Antiguo se llenan. Las andas avanzan pesadas. Las velas tiemblan al ritmo de tambores. Miles de personas observan en silencio o con emotividad contenida. En Los Santos, el fervor sube todavía más. Miles de visitantes convierten estas jornadas en un espectáculo de fe y tradición que forma parte de nuestra identidad.
Uno se detiene entre la multitud y la misma pregunta incómoda vuelve a golpear. Las andas regresan a los templos. Y el país amanece exactamente igual. El desempleo se ubica en 10.4%, según el INEC (septiembre de 2025), con más de 227,000 panameños sin sustento. Casi la mitad de los ocupados (47.1%) sobrevive en la informalidad. La corrupción sigue estancada en los pobres 33 puntos del Índice de Percepción de la Corrupción 2025. Y la desigualdad nos mantiene en un abismo: una pobreza urbana del 5%, frente a un desgarrador 76% en nuestras comarcas indígenas.
Las cruces tienen un peso real. En Panamá cargamos cruces todo el año. La carga el padre que madruga a vender en la calle porque el mercado formal le cerró la puerta por su edad; la madre sola que estira la quincena hasta que se rompe; y el joven que ve cómo unos pocos se reparten el botín del Estado mientras su esperanza se apaga.
Mirar las procesiones genera un nudo en el pecho, pero cuando retomamos la rutina el fervor se disuelve. Santo Tomás de Aquino lo explicó con claridad: “La pasión de Cristo basta para informar totalmente nuestra vida. Pues quien desea vivir con perfección no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo allí apeteció”.
Si aplicamos esta máxima a nuestra crisis actual, el mensaje es directo: ese “despreciar lo que Cristo despreció” no es una abstracción mística, es el rechazo frontal a la ambición que infla la deuda pública y a la indiferencia que permite que falten medicinas en los hospitales. “Apetecer lo que Cristo apeteció” es buscar un bien común que hoy parece secuestrado por intereses particulares.
Para que Panamá resucite, debemos entender que la “viveza criolla” no es una picardía inocente ni un rasgo simpático de nuestra cultura; es el ADN de la corrupción. El que se salta la fila, el que busca la palanca para evitar el mérito o el que hace la vista gorda cuando roban en su oficina está forjando los clavos con los que luego crucificamos el futuro de la nación. No podemos exigir transparencia en la cúspide si celebramos la trampa en la base.
Los números oficiales dicen que Panamá crece, pero ese crecimiento tiene un cuello de botella. Es urgente generar empleos formales que den estabilidad y dignidad, no solo subsidios que compran silencios. Esto no cambiará solo porque pasó la Semana Santa. Cambiará si cada uno decide que su fe debe informar su ética de trabajo y su exigencia ciudadana.
Este año, al ver pasar las andas en las procesiones, no mires solo la madera. Mira las caras a tu alrededor. Y mírate a ti mismo. Si esa cruz antigua nos enseña que el sacrificio puede transformar la realidad, ha llegado el momento de que el panameño cargue con responsabilidad su parte y ayude con la del otro. Ya. Ahora mismo.
De otro modo, seguiremos coleccionando fotos de procesiones mientras mantenemos al país clavado en la misma cruz de siempre. Y eso, sinceramente, es un pecado social que ya no podemos permitirnos.
El autor es comunicador y empresario.


