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Lo que el Mundial nos está enseñando

Lo que el Mundial nos está enseñando
Así celebró Lionel Messi, de Argentina, uno de los tantos anotados frente a Argelia en el Mundial 2026. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

Hace una semana arrancó el Mundial 2026 y, como en cada hogar panameño, en el nuestro también todo gira un poco alrededor de la pelota. Alentamos a Panamá, pero esta vez, antes de que rodara el primer balón, fue un Papa quien me hizo mirar este torneo de manera distinta.

Un día antes del inicio, el Papa León XIV escribió en sus redes algo que me quedó resonando: que “la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos, y que quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego”. Leí eso y pensé: cuánta sabiduría cabe en una frase tan sencilla, y cuánto podemos aprovecharla los papás para sembrar valores en nuestros hijos, justo cuando tienen los ojos puestos en la pantalla y en la pelota.

El martes fue el debut de Argentina frente a Argelia. Mi corazón es albiceleste, así que no me lo perdí. Vi a Messi disfrutar el fútbol como pocas veces, anotar un hat-trick histórico —en su partido número 200 con la camiseta argentina— y, sobre todo, lo vi llorar después de su primer gol. Le preguntaron por qué, y no minimizó la pregunta ni se escondió: contó con sencillez que había pasado unos días difíciles y agradeció a sus compañeros y a la delegación por haber estado a su lado.

Ahí, frente al televisor, con mis hijos al lado, entendí que estábamos presenciando algo más grande que un partido.

Vivimos en una cultura que históricamente les ha enseñado a los niños, especialmente a los varones, que llorar es una debilidad, que hay que aguantar, callar y sonreír aunque algo duela. Y ahí estaba uno de los mejores futbolistas de la historia, en el momento de mayor exposición posible, mostrando sin pena que las lágrimas también caben en la cancha. Que se puede ser fuerte, disciplinado y ganador, y a la vez vulnerable. Que reconocer una emoción no resta, sino que suma.

Esa escena es un regalo pedagógico que no deberíamos dejar pasar. Podemos sentarnos con nuestros hijos y preguntarles: ¿viste por qué llora Messi? Y decirles, sin rodeos, que sí está bien que un hombre llore en público. Esas conversaciones van a moldear, poquito a poco, la manera en que ellos entienden su propio mundo emocional.

Pero hay otro detalle en esta historia que también vale la pena resaltar: Messi no se quedó en su propio logro. Después de festejar, agradeció a su equipo. Reconoció que no llegó solo hasta ahí. Y eso conecta directamente con la reflexión del Papa: el talento individual, sin la capacidad de compartir, de pasar el balón y de sostener al otro, no alcanza. Ni en el fútbol ni en la vida.

Como mamá y como pediatra, creo firmemente que la crianza también se construye con estos pequeños momentos cotidianos que se nos presentan casi sin buscarlos. No necesitamos sermones largos ni charlas forzadas sobre valores. A veces basta con ver un partido en familia y aprovechar lo que ahí sucede para conversar sobre lo que realmente importa: el trabajo en equipo, la humildad de agradecer a otros nuestros logros, la importancia de cuidar nuestra salud emocional y el hecho de que las lágrimas, lejos de ser un defecto, son parte de lo que nos hace profundamente humanos.

Este Mundial apenas comienza y seguramente nos regalará más historias como esta: de esfuerzo, comunidad y resiliencia. Les invito a que, en su casa, no solo vean los goles. Comenten las jugadas. Pero comenten también las emociones con sus hijos. Pregúntenles qué sintieron ellos. Cuéntenles qué sintieron ustedes.

Porque, al final, como bien lo dijo el Papa, quien no sabe vivir con los demás y para los demás todavía no ha entendido la vida. Y esa es, quizás, la lección más valiosa que les podemos dejar a nuestros hijos en esta temporada mundialista: que ganar en equipo, agradecer y permitirse sentir también es ganar.

La autora es pediatra.