Hace unos días mi apreciado amigo Pepe Miralles, CEO de Greatness Center- FranklinCovey me hizo llegar un informe titulado “La transformación impulsada por la IA y el imperativo humano”.
Según el informe global de FranklinCovey, el 70% de los trabajadores considera que la inteligencia artificial y la tecnología evolucionan más rápido de lo que su cultura organizacional puede absorber. Y un 46% duda de que su rol siga siendo relevante en el futuro cercano. No hablamos de resistencia al cambio, es incertidumbre real.
El informe propone una metáfora poderosa: la IA eleva el piso, no el techo. Es decir, la tecnología nivela hacia arriba el desempeño mínimo esperado de cualquier organización. Lo que ayer era excepcional, mañana es estándar. Pero el techo, esa capacidad de sobresalir, de diferenciarse, de generar ventaja real, no lo mueve la herramienta. Lo mueven las personas: su juicio, su confianza mutua, su capacidad de colaborar y de ejecutar bajo presión.
Se invierte en tecnología, automatización, analítica y se asume que la inversión por sí sola producirá el salto competitivo. El informe lo llama “la trampa del baseline”: confundir una ganancia temprana de productividad con una ventaja duradera.
Casi tres de cada diez empleados dicen sentirse menos motivados que hace un año. La IA libera tiempo, pero no restaura energía ni redirige automáticamente el esfuerzo hacia trabajo de mayor valor. Solo el 35% de quienes usan IA con regularidad reinvierte ese tiempo ganado en innovación o en relaciones más profundas con clientes.
En un mundo donde las decisiones se disparan a mayor velocidad y los errores se propagan más rápido, la confianza deja de ser un “valor blando” para convertirse en infraestructura operativa. Las organizaciones de alta confianza, según los datos citados, muestran 260% más motivación, 50% menos rotación y hasta 8.5 veces más ingresos por empleado. No es filosofía de recursos humanos. Es resultado de negocio, medible y contundente.
El informe señala que el 92% de los empleados pasa horas cada semana esperando claridad o resolviendo desalineaciones. No es un problema de motivación ni de herramientas: es un problema de prioridades ambiguas. La IA puede acelerar procesos, pero no decide qué es lo que realmente importa, no construye confianza entre equipos y no sostiene el impulso cuando la presión aprieta. Eso, guste o no, sigue siendo trabajo nuestro.
Le agradezco a Pepe Miralles el gesto de compartirme este informe. La conclusión del reporte es tan simple como exigente: el futuro no será de quienes adopten la IA más rápido, sino de quienes la integren con más sabiduría, usando la tecnología para amplificar la capacidad humana en lugar de reemplazarla.
El autor es fundador de Semiotik.


