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Lo que la música me enseñó

Lo que la música me enseñó
La violinista Saráh Sánchez. Archivo

“El hombre es rico en proporción a lo que puede dejar tal como está”. —Henry David Thoreau

En los años sesenta, antes de descubrir la música clásica, era fanático del jazz.

Estudiaba en Boston y solía ir a los clubes de jazz de la ciudad. Eran lugares pequeños, lo que me daba la oportunidad de sentarme cerca de los músicos.

Vi a Erroll Garner en Lennie’s on the Turnpike. Hombre de baja estatura, se sentaba sobre dos directorios telefónicos encima del banco del piano. Hoy en día no sé por qué hacía este truco, ya que las banquetas de piano se pueden ajustar en altura. Quizás lo hacía para complacer a la audiencia.

Una noche fui al Jazz Workshop a ver a uno de mis conjuntos favoritos: el Modern Jazz Quartet. El cuarteto fue fundado en los años cincuenta, y el dirigente y pianista del grupo era John Lewis. Era un hombre alto, de modales finos, que tocaba el piano de una manera simple y mesurada. Sus improvisaciones tenían cierto romanticismo y evocaban música europea; me daba la impresión de que admiraba a los pianistas de música clásica.

Al tocar, fruncía los labios, inflaba las mejillas y se inclinaba hacia el teclado, arqueando las cejas como si tratara de controlar sus emociones. Las interpretaciones eran sencillas, y para quien no sabía, era como escuchar a un principiante. Pero ese sonido frágil disfrazaba algo más profundo. Sabía que las notas que omitía le daban más impacto a la música. Era un maestro en el uso de los intervalos silenciosos.

Cuando se terminaba el set, los músicos tomaban su descanso en una mesa alejada del escenario mientras bebían un refresco.

Esa noche me acerqué a su mesa y le pregunté si podíamos charlar sobre música. Me invitó a sentarme.

Su voz era aguda y no concordaba con la figura del hombre grande sentado frente a mí. Era flemático y de pocas palabras, como si hablar fuera una pérdida de tiempo y prefiriera expresarse solo a través de su música.

Creo que él pensaba que yo era un reportero de la revista de mi universidad, porque respondía con frases como: “En referencia a esa pregunta, apunte que no concuerdo con esa teoría”.

Como yo era joven y lleno de energía, pensaba que, si fuera músico, tocaría con mucho más atrevimiento. Por eso le pregunté:—Señor Lewis, ¿nunca le ha dado la idea de soltarse y dejar salir todo?

Nunca olvidaré su respuesta. A medida que he madurado, entiendo y aprecio más lo que me dijo.

Me explicó que él no tuvo que fabricar el instrumento y que se sentía afortunado de tener el medio para expresar sus ideas musicales. No había por qué “abusar” del piano; estaba agradecido y era respetuoso con los precursores que lo inventaron.

Desde aquel encuentro, me gusta pensar que he adquirido la sabiduría para aplicar esa filosofía a otros aspectos de mi vida. Que tengo la humildad suficiente para apreciar a quienes vinieron antes y crearon cosas que han mejorado mi existencia. No es necesario reinventar los logros de otros en un esfuerzo por “hacerlo mejor”.

El autor es jubilado y profesor de música.


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