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Lo que nunca le dije a mi madre

Adornos con historia: una memoria navideña y personal

Lo que nunca le dije a mi madre
Parte de los 170 adornos elaborados por mi madre que aún conservo (izquierda).

Corría 1993 y, aprovechando las vacaciones de verano de mis estudios de posgrado, viajé a visitar a mi familia. Mi madre me esperaba con unos adornos navideños que había estado elaborando a mano. Me entregó alrededor de sesenta y me pidió que intentara venderlos en el lugar donde estudiaba.

Al regresar, un grupo de amistades —solidarias como siempre— me compró toda la producción. Los vendí entre seis y ocho dólares, de modo que en diciembre volví a casa con no menos de 420 dólares para ella.

El entusiasmo que sintió fue tal que, cuando regresé durante el verano de 1994, me tenía guardados cerca de doscientos adornos más, con la esperanza de que pudiera venderlos nuevamente. Me los llevé y traté de ofrecerlos entre mi círculo cercano, pero ya habían hecho su cuota de camaradería. Decidí entonces acudir a tiendas minoristas, pero lo máximo que me ofrecían era un dólar por pieza, algo que me parecía injusto frente al trabajo manual que representaban y, además, que eran de mi madre.

Decepcionado, y ante la inminencia de volver a pasar las fiestas con mi familia, no tuve más opción que separar 1,400 dólares de mi presupuesto estudiantil —una suma significativa para mí en aquel momento—, que era lo que ella esperaba recibir como retribución a su dedicación.

Nunca supo que no logré venderlos. Solo le expliqué que el mercado al que tenía acceso se había saturado con sus adornos, y con ello detuvo la producción, para tranquilidad de mi exiguo presupuesto.

Hace poco, en una tienda de decoración, encontré unos adornos similares a los que hacía mi madre. Sospecho que son elaborados industrialmente y estaban a la venta por 11.99 dólares cada uno. Pensé entonces en los de mi madre, en el tiempo que dedicó a cada detalle y en el cariño que depositaba en ellos.

Lo que nunca le dije a mi madre
Colección de adornos de mi madre

Aún conservo 170 de ellos en casa. No estoy interesado en separarme de ellos y menos por dinero. Los he ido regalando, poco a poco, entre amistades que recuerdan con cariño a mi madre o cuyas madres también están ausentes físicamente. Así, ese adorno, en nuestros arbolitos, es una manera de tenerlas presentes en estas fechas.

Hoy, en un diciembre que avanza y en el Día de la Madre, esos adornos me recuerdan que el cariño se hereda, pieza por pieza.

Feliz Día de la Madre y Feliz Navidad.


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