Cuando se habla de “nacionalista”, tal como lo fue el prócer Carlos Alejo Arellano Lennox (CAL), debemos ser precavidos, pues ese adjetivo puede volverse vacío si se aplica a alguien cuyas acciones distan mucho de ser las de un “panameño de verdad”.
El hombre sobre quien reflexiono hoy vio emerger su vida pública como líder estudiantil, inspirando a los alumnos de su tiempo a entender y emular lo que significa querer de verdad a esta nación.
Cuando alguien fallece, solemos apresurarnos a resaltar lo bueno que fue. Presentando mis excusas a su familia, al no ser su biógrafo oficial, me permito hablar desde mi experiencia al acompañarlo en múltiples momentos. Puedo afirmar lo extraordinario que fue y espero no pecar al mencionarlo.
Estudiante dedicado del mundo marino, líder de la masa estudiantil patria que representó en varios congresos mundiales, incluso en África; opositor ético que ideó la veda del camarón a solicitud de Omar Torrijos Herrera en los primeros meses de la dictadura militar, aunque posteriormente combatiera ese régimen con determinación; adalid e impulsor de movimientos por los derechos humanos y la democracia, como cocina y la Cruzada Civilista Nacional, donde trabajó hombro a hombro con quien hoy es presidente de la República. Fue político avezado que presidió la Asamblea Legislativa, miembro destacado del socialismo cristiano, presidente del Partido Demócrata Cristiano y uno de sus principales ideólogos.
Amigo de presidentes, tanto nacionales como extranjeros, pero también del ciudadano común. Comisionado por Guillermo Endara Galimany como representante principal en la primera delegación oficial que viajó a Estados Unidos tras la invasión de 1989. Pero, sobre todo, un educador, en el sentido más amplio y profundo de la palabra, sin necesidad de calificativos.
Con la operación soberanía, Arellano Lennox, junto a otros panameños ilustres, el 2 de mayo de 1958 no solo sembró banderas en la otrora Zona del Canal, sino que ayudó a educar e inspirar a compatriotas que, hasta hoy, siguen vigilantes de nuestra soberanía y libre determinación, en favor de la absoluta panameñidad de la franja canalera.
En el prólogo de mi carrera como profesional del derecho, la divina providencia me premió con la oportunidad de trabajar como su asesor legal y de ser postulado como su primer diputado suplente. Siendo joven, debía afianzar mi formación política y jurídica al lado de un biólogo marino, estudiante del brillante oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau. En la arena legislativa, supo manejarse como los grandes: legislador proactivo, orador elocuente, promotor de consensos y defensor del respeto a la oposición. Fue un constituyente pragmático, estadista que asumía con humildad tanto sus victorias como sus derrotas, y, principalmente, un hombre íntegro e incorruptible, quien falleció en la Caja de Seguro Social, quizá emulando a Belisario Porras con su “elefante blanco”.
A su amada familia: mis oraciones y las de mi familia les acompañan en este momento, con la esperanza y el convencimiento de que sientan el orgullo de que en su ADN está impregnada la esencia de CAL.
Con profunda emoción, un último recuerdo: el 31 de diciembre de 1999, invitados por el gobierno de la presidenta Mireya Moscoso al acto de entrega del Canal de Panamá, la divina providencia me situó junto a CAL en las escalinatas del edificio de la Administración del Canal. Estábamos eufóricos y orgullosos, cada uno en su historia, por el deber cumplido, hasta que el tiempo pareció congelarse con la bendita visión de miles de banderas panameñas ondeando. Mi maestro y mentor lloraba y me dijo: “Yo ayudé a esto, pero nunca pensé que estaría presente en este altar”.
Carlos Alejo Arellano Lennox: que parta a la casa del Padre, que Él sea benevolente con usted y que siga promoviendo desde allá que más panameños cumplan con la visión del poeta istmeño Gaspar Octavio Hernández: “al ver nuestra bandera, sigan amando su esplendor todos los días”.
El autor es abogado.
