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Celebración

Loor al maestro

Loor al maestro
Cortesía

Tuve el privilegio de ser formada, en casa, por dos maestros. Año tras año, la celebración del 1 de diciembre iniciaba rigurosamente con las notas del Himno al Maestro, que mis hermanos y yo entonábamos a la puerta de la habitación de nuestros padres. Con el pasar del tiempo, la hermosa melodía y la veracidad del mensaje de ese himno han cobrado un significado monumental que solo se agiganta ante la crisis que vive nuestra nación.

Hoy estoy convencida de que no existe mejor apostolado que el magisterio. A mi juicio, muy pocas profesiones tienen la capacidad de transformar e influir de manera categóricamente positiva en la vida de los seres humanos como el magisterio. Su influencia traspasa generaciones, límites geográficos y estratos sociales y políticos. Cuanto más eficaz el maestro, mayor su legado y más imperecedera su influencia.

Todo lo que necesité aprender para ser buen ciudadano lo aprendí de mis maestros: desde la cortesía y los buenos modales hasta el respeto por la propiedad ajena. Tuve excelentes maestros que también me enseñaron a hacer de los libros mis amigos y, a través de ellos, la forma más auténtica de redención. Mis maestros contribuyeron a amoldar mi carácter y el de todos los muchachos que pasamos por sus habilidosas manos, y quienes —de una forma u otra— fuimos irradiados por el torrente de luz que emanaba de sus enseñanzas. ¡Qué manera más noble y contundente de contribuir a construir una mejor patria que formando a los hombres y mujeres del mañana!

A ese noble apostolado que es el magisterio, ¡salud! A todos los buenos maestros panameños, a los que están y a los que ya se fueron, mi respeto y mi admiración sinceros. Sé que las dificultades y sacrificios que encierra esa misión que abrazaron han de ser profusamente compensados por la inmensa satisfacción de reconocerse como artífices de un Panamá mejor.

A mis padres, maestros de maestros, mi eterno homenaje por la herencia de bien y mi profundo agradecimiento por el nombre limpio y las cosechas abundantes que generaron en las almas de todos esos jóvenes para quienes fueron guía y faro de luz desde sus salones de clase.

A los maestros cuya sabiduría y heroísmo trascienden generaciones y fronteras; a quienes, a pesar de los muchos retos de educar en estos días —muchachos patanes y padres abusivos, necesidades educativas especiales, procesos administrativos abrumadores y necios difamadores que gozan de connivencia e impunidad—, se empinan sobre los obstáculos para seguir siendo luz en las tinieblas de la vida de una juventud que pareciera perder el norte. A quienes forman con abnegación, corrigen con cariño e inspiran con el ejemplo, mi tributo de cariño y mi gratitud.

La autora es administradora.


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