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Los anti todo…

Cuando parecía haberse visto todo, siempre hay alguien que demuestre su infinita capacidad para sorprendernos diciendo idioteces.

Durante la pandemia, tuvimos una pléyade (por no llamarle manada) de gente con opiniones impresentables, relacionadas con la enfermedad, las medidas de prevención del mundo civilizado y las vacunas, que al margen de ser una sarta de mentiras sin evidencia, representaban un serio peligro para la población sugestionable, que optaban por no hacer lo científicamente demostrado basados en dudas infundadas. Desde el zinc, la vitamina D, la vitamina C, la hidroxicloroquina, la ivermectina, la azitromicina, el dióxido de cloro y las inmunobombas, hasta el ozono y las quelaciones, se propusieron todo tipo de tratamientos para “hacer algo”, cuando nada de eso contaba con evidencia de utilidad clínica alguna.

Pero lo peor fue que médicos con título e idoneidad se dedicaran a diseminar bulos sin sentido. En muchos países serios, se les sancionó por poner en peligro a la población. Sin embargo, en nuestro Panamá, cualquiera puede salir a rebuznar en redes sociales, sin que haya consecuencias. Es más, fue a quienes defendieron la vacunación y el manejo basado en evidencia a quienes acusaron de “crímenes de lesa humanidad y genocidio”. Si, leyeron bien, según la acusación, estaban al mismo nivel Hitler, Pol Pot, Tony, Xavier, Julio, Eduardo, Arturo, Emilio y Daniel.

Esta gente tiene elementos comunes en su libreto. Si bien cuestionan las vacunas en general, le tienen fobia a las de la covid-19 en particular. Niegan el cambio climático, cuestionan los derechos humanos, se oponen a la inmigración y reniegan contra las medidas sanitarias.

Otra de sus características es que ven conspiraciones en todo. Que si los chips que nos estaban inyectando con las vacunas, que si la radiación 5G activaría el “grafeno” de las vacunas y nos mataría o que el SARS-COV2 fue creado deliberadamente en un laboratorio con el financiamiento de los laboratorios que producen vacunas.

En las últimas semanas, a raíz del paro cardíaco de Damar Hamlin después de un golpe sobre el tórax y de la muerte súbita de Lisa Marie Presley, se han vuelto a alborotar porque “estaban vacunados”. Pues sí, en el mundo se ha administrado la módica suma de 12,700 millones de dosis de vacuna contra la covid 19, lo que significa un promedio de dos vacunas por persona en el planeta. Basado en esos números, por una simple ley de probabilidades, la inmensa mayoría de las personas que morirán del corazón, de cáncer, de pulmonía, de obstrucción intestinal, de una caída de un árbol, de un balazo o porque los fulmine un rayo, estarán vacunadas. Lo cual no implica relación entre la causa de muerte y la vacuna. Honestamente, no parece tan difícil de entender.

Pero toda esta gente que reniega contra la evidencia tiene elementos en común. La mayoría tiene ideas políticas de extrema derecha con obsesiones y fanatismos religiosos, se autoproclama defensor de la libertad individual, defiende ideas nacionalistas, se opone a la corrección política, cuestiona el cambio climático, denuncia una supuesta ideología de género y hasta llega a hacer del insulto y el desprecio por los demás una virtud. Critica la globalización y lo que llama el “buenismo” que prioriza la colectividad sobre la persona individual. Si miramos a nuestro alrededor, veremos bastante gente que encaja en esta descripción y que suele buscar resonancia en las redes sociales, donde no se verifican los datos antes de lanzarlos a los cuatro vientos.

El periodista británico Gideon Rachman describe este perfil en su libro The age of the strongman (“La era de los hombres fuertes”), donde analiza perfectamente estas ideas de rechazo a la evidencia, descalificación de la ciencia, culto a la personalidad individual, cuestionamiento a los medios y deprecio al bien común, apoyados en radicalismos religiosos; han permeado la política a través de dirigentes populistas que comparten estas características. Así, Putin en Rusia, Xi en China, Trump en Estados Unidos, Johnson en Gran Bretaña, Erdogan en Turquía, Orban en Hungría, Netanyahu en Israel, Kyzinsky en Polonia, Bolsonaro en Brasil, Chávez y Maduro en Venezuela, López Obrador en México, Mohamed Bin Salman en Arabia Saudita y los aprendices Meloni en Italia, Ortega en Nicaragua y Bukele en El Salvador, tienen todos el mismo perfil de basar su poder en su personalidad, sugerir soluciones simplistas a problemas tremendamente complejos (como pretender suprimir la migración de México a Estados Unidos construyendo una pared).

Y esta gente, en su alarde de idiotez, crea enemigos comunes que culpan de todo. Así, George Soros, Bill y Hillary Clinton, la ONU, Barack Obama o Nancy Pelosi serán los culpables de una gran conspiración que busca imponer una cosa que llaman “nuevo orden mundial”, con el que embaucan a los incautos que se dejan.

Pero como si no fuera suficiente, esta semana nos encontramos el nuevo objetivo de pataleta de los anti todo panameños. Lo que proponen estos cuadrúpedos es, nada más y nada menos que (tan tan tan taaaannnn... con entonación de quinta sinfonía de Beethoven), que no se reciba en casa a quienes recolectan los datos del censo de población y vivienda, porque es un intento de controlar a la población conociendo sus características, costumbres y preferencias, de modo que puedan convertirnos en “seres digitales”, quitándonos nuestra individualidad.

Panamá no tiene datos de un censo como es debido desde el año 2000 (el de 2010 fue una chapuzada). Estos datos son necesarios para establecer planes sociales y conocer la conformación de nuestra sociedad (aunque no se preguntará religión, no vaya a ser que los evangélicos ya sobrepasen a los católicos). Pero los anti todo se oponen a dar los datos, porque, como la gente se vacuna digan lo que digan ellos, hay que buscar otra forma de seguir haciéndose notar en las redes sociales... En fin, no tienen remedio...

El autor es cardiólogo


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