A seis meses de haberse celebrado la COP30 en la ciudad de Belém, Brasil no parece tener mucho que celebrar en materia ambiental. La flexibilización de la legislación para la exploración mineral por parte del Congreso, los planes gubernamentales de explotación petrolera en la Amazonía, las denuncias por agotamiento de fuentes hídricas con objetivos puramente lucrativos contra empresas como Nestlé y las acusaciones de destrucción de áreas naturales protegidas por compañías nacionales emblemáticas como JBS alimentan el cinismo público.
Aunque hay noticias positivas, como la gran caída en el nivel de deforestación registrada en 2025, la tala de árboles sigue ocurriendo, sobre todo en una de las regiones más vírgenes del país, debido a la expansión del agronegocio.
No sorprende, entonces, que los brasileños lleguen al Día Mundial del Medio Ambiente entre la aprensión y la fatiga. Esa sensación se expresa en las encuestas y condiciona la agenda pública, más aún en pleno año electoral y a las puertas de los comicios presidenciales. A pesar de no tener la urgencia atribuida al crimen y la inseguridad, la corrupción y la desigualdad social, que aparecen como los principales problemas de la sociedad, la crisis climática en Brasil es considerada clave y preocupante. De hecho, según un reciente estudio de la consultora Market Analysis, una sólida mayoría de 82% reconoce al calentamiento global como una grave amenaza para la humanidad.
Los brasileños consideran que la crisis es inquietante y la asocian con el aumento de los desastres naturales, como las sequías, incendios, inundaciones y huracanes. Según los informes del CEMADEN y la plataforma PREVOTS de monitoreo, el año 2025 batió otro récord de desastres, además de haber sido uno de los más calurosos desde los años sesenta, cuando comenzaron las mediciones. Esos fenómenos son ahora tangibles para la población general e indicadores inequívocos de que la crisis climática es una realidad.
El constante empeoramiento climático hace mella en el habitual optimismo del brasileño típico. El fatalismo ambiental sobre la irreversibilidad de la crisis viene en aumento, creciendo de 20% en 2019 a 31% en 2026, porcentaje de quienes consideran que ya es tarde para revertir el cambio climático. Ese creciente pesimismo climático —aunque todavía minoritario— se entiende no solo por la evidencia de fenómenos extremos cada vez más frecuentes y con consecuencias más calamitosas, sino también por la creciente desconfianza en los agentes que deberían resolver el problema, con el gobierno y las empresas a la cabeza.
El estudio de Market Analysis apunta a que la mayoría de los brasileños entiende que los responsables tienen nombre y apellido: primero el gobierno y luego las empresas. Los primeros, por sus políticas erráticas y la falta de regulación o de sanciones efectivas ante violaciones o desastres ambientales. Los segundos, debido a sus cuestionables modelos de producción y lucro, así como a su marketing anclado en el greenwashing o falsas alegaciones de virtudes verdes, lo cual alimenta el cinismo público.
Por ello, los brasileños confían cada vez menos en la capacidad de resolución de dichos agentes. Por ejemplo, tan solo 30% cree que los gobiernos —nacional y estaduales— están tomando las medidas necesarias para cuidar el medio ambiente. Ese escepticismo es más alto en Brasil que en los otros países latinoamericanos que participaron en el estudio.
A diferencia de otros países de la región, los brasileños atribuyen un papel resolutivo especial a los individuos, respaldando firmemente la creencia de que las conductas personales pueden contribuir a mejorar el medio ambiente. De hecho, 78% de los consultados abraza esa convicción, un porcentaje alto, pero que ya fue mayor al final de la década pasada, revelando la fatiga comentada y el naciente pesimismo.
De todas maneras, esa fe en el empoderamiento individual no necesariamente se traduce en acciones efectivas o transformadoras. Por ejemplo, en Brasil son muchos menos quienes están dispuestos a pagar más por productos que cuiden el medio ambiente que en otros países de la región.
Como afirmaba el sociólogo Ulrich Beck, intentar resolver un problema sistémico desde lo individual o a partir de soluciones biográficas es una causa muerta antes de nacer. La posibilidad —y el sentido de justicia— de que un individuo consiga dar respuestas adecuadas a problemas causados por décadas de descuido y pésima gestión de actores mucho más poderosos, como gobiernos y empresas, es nula, o casi. Ello no significa invalidar la capacidad y el potencial de agencia que tiene el individuo. Nadie mejor que Greta Thunberg para ilustrarlo.
Sobran liderazgos individuales que siguen una lógica parecida en el caso brasileño, quizá como no se ha visto en ningún otro país de América Latina, con la ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, a la cabeza, pero también con numerosos activistas desde ONG, think tanks, medios de comunicación o, incluso, el propio Congreso. Los nombres de Chico Mendes, Fernando Gabeira, Ailton Krenak, Sonia Guajajara y Carlos Nobre, entre tantos otros, así lo ejemplifican.
Ante la ansiedad climática de la población, Brasil encara un nuevo calendario de desafíos ambientales mientras la campaña electoral sigue ignorando estas cuestiones.
El autor es director de Market Analysis, consultora de opinión pública con sede en Brasil, y ex presidente de WAPOR Latinoamérica: www.waporlatinoamerica.org.


