Un recuerdo es la imagen especular de un evento. No es el evento mismo. Es la reconstrucción que hacemos del lugar, de sus rostros, de sus sonrisas, de sus olores, de sus sabores, de sus miedos y de sus valores. Como imagen especular, no deja las cosas donde realmente estaban, sino que las cambia.
La filosofía ingenua idealista nos hace creer que el recuerdo es nuestro, individual. Pero ese recuerdo individual no existe de forma aislada. Recordamos porque formamos parte de grupos (familia, amigos, nación); somos miembros de comunidades desde donde recordamos.
Estas comunidades nos dan los “marcos” (lenguaje, fechas, valores) que nos permiten organizar y dar sentido a nuestras vivencias. Sin el contexto social, el recuerdo sería una mancha sin orden de sensaciones.
Mientras camino por Vía Argentina y me dirijo a la Universidad de Panamá, no solo veo el edificio pequeño y amarillento donde viví hace casi cuarenta años. También resurgen, como en un espejo distorsionado, los caminos cotidianos que marcaban la vida panameña de los años 90. Recuerdo las columnas de La Prensa de Panamá tituladas Caminos Cotidianos, del periodista y escritor Herasto Reyes: crónicas breves y precisas que contaban el pulso diario de la ciudad y las historias de gente común que intentaba reconstruir un país después de la invasión de Estados Unidos en 1989.

Aquellas columnas no eran simples noticias; eran marcos sociales que nos permitían nombrar lo que vivíamos. En ellas se hablaba de la rutina de ir al trabajo esquivando baches y vendedores, de las sonrisas cansadas de las madres que cargaban canastas y de la solidaridad improvisada entre vecinos. Pero también aparecían, de vez en cuando, los ecos del miedo colectivo. Y ahí entraba él, el famoso malandro Mango Verde, figura casi mítica en las conversaciones de entonces. No era solo un nombre; era un símbolo social de la inseguridad que flotaba en el aire. Se contaba que escapaba de las cárceles, que controlaba pasillos enteros en la Modelo con un solo ojo, que robaba con astucia y que dejaba a su paso historias de audacia que la gente repetía.
Yo leía aquellas columnas en las noches tibias de diciembre de 1990, sentado en el balcón del edificio de cuatro pisos, con el poema a medio escribir. El mismo poema que empezaba: “La noche se ha quedado sin estrellas, las mil y una noches hoy son menos, menos sus estrellas, menos tus sonrisas…”. Aquellos versos nacían del dolor que traía de Quetzaltenango, pero también del nuevo marco social que Panamá me ofrecía: un país que reconstruía sus caminos cotidianos mientras yo reconstruía los míos.
Esa reconstrucción no era solo mía. Los marcos venían de la nación panameña que intentaba salir de la dictadura y la invasión, de los amigos que me contaban anécdotas en la universidad, de las conversaciones en la mesa de la pensión donde compartíamos el arroz con pollo y las noticias de La Prensa. Sin esos grupos, mis recuerdos de los caminos cotidianos y de Mango Verde serían solo sensaciones sueltas: un titular borroso, un escalofrío al oír el nombre, un poema sin contexto.
Fue precisamente en esas tierras donde mi filosofía idealista comenzó a resquebrajarse. Llegué con la idea del conocimiento como reflejo fiel de una realidad objetiva. Pero Panamá, con sus columnas de Caminos Cotidianos y sus leyendas vivas como Mango Verde, me mostró que todo es reconstrucción social. Las lecturas de Lev Vygotsky y Richard Rorty, que empecé a devorar en la biblioteca de la Universidad de Panamá, confirmaron lo que ya intuía: el conocimiento no es espejo, es conversación y práctica colectiva. Más tarde, mi profesor Rodolfo Herrera Jiménez, en Costa Rica, entonces decano de la Facultad de Ingeniería de la UCR, me ayudaría a consolidar esa visión: las prácticas sociales son el andamiaje de todo, incluida mi propia historia.
Hoy, al caminar de nuevo por Vía Argentina, el edificio amarillento sigue allí sin haber sido doblegado por el tiempo. Pero el recuerdo ya no es el mismo. Ha cambiado, como cambia toda imagen especular. Los Caminos Cotidianos de La Prensa de los 90 ya no existen en las páginas, pero siguen existiendo en nosotros: en las conversaciones que todavía compartimos los centroamericanos, en los valores de resiliencia que nos sostuvieron y en la certeza de que somos seres que crecemos, nos sostenemos y nos transformamos dentro de las prácticas sociales que nos forman.
Porque un recuerdo, al final, no es lo que pasó. Es lo que el grupo y el tiempo nos permiten reconstruir para seguir caminando. Fuimos, somos y seremos seres históricos.
El autor es ingeniero químico con especialización en matemática. Actualmente dirige el Instituto de Investigaciones de Ingeniería de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango.

