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Los celadores del imperio ajeno

En este país hay poderes misteriosos. Está el del presidente, el del ministro, el del jefe… y luego, en lo más alto del Olimpo cotidiano, el del celador que se cree dueño del portón.

Ese poder no necesita diploma ni decreto: se alimenta de llaves, radios y una libreta manchada de café que guarda como si fuera el Código Penal.

Basta acercarse a la garita para sentirlo. Esa mirada que te escanea de arriba abajo, el gesto serio y la pregunta que corta la respiración:

—¿Y usted… pa’ dónde va?

Ahí se acaba la valentía. Uno puede tener carnet, uniforme, casco y hasta el almuerzo con su nombre escrito, pero al señor de la garita no lo engaña nadie. En su territorio, uno no es empleado ni visitante: es sospechoso.

El “man” controla el tiempo como los dioses del tráfico. Si vas apurado, él entra en “modo tortuga”. Revisa la lista, llama por radio, anota el número de placa, se rasca la cabeza, toma agua, y justo cuando crees que ya vas a pasar, pregunta:

—¿A quién viene a ver?

Y si le dices “al ingeniero”, pregunta cuál, como si tuviera a cuarenta ingenieros escondidos ahí adentro.

Los hay de todo tipo. Está el filósofo, que te da un discurso sobre política mientras el sol te derrite en la entrada. El militar retirado, que habla de “procedimientos de seguridad” como si cuidara el Canal. El rencoroso, que te hace esperar veinte minutos solo porque la semana pasada no le diste los buenos días. Y el espiritual, que escucha prédicas por el celular y no abre el portón hasta que el pastor dice “amén”.

Algunos se sienten parte de la gerencia. Dicen “nosotros en la empresa” con una autoridad que ni el dueño se atrevería a usar. Otros tienen memoria de elefante: saben quién entra, quién sale, quién llega con la esposa y quién con “la otra”. Y no faltan los que se inventan una excusa nueva cada día: “el sistema está caído”, “la clave no pasa”, “tengo que confirmar con la oficina”, cuando lo que en verdad tienen es pereza.

Pero, hay que decirlo, muchos son buena gente. Invisibles. Nadie les lleva café, nadie los invita al convivio, nadie sabe cómo se llaman. Son los primeros en llegar, los últimos en irse, y los únicos que de verdad saben quién mueve el lugar. El problema empieza cuando confunden la puerta con el trono y el silbato con el cetro.

Porque, seamos sinceros: un portón cerrado da poder, y el poder —aunque sea de una reja— marea. Hay celadores que, si pudieran, pedirían firma y sello del gerente para abrir hasta la basura. Otros no abren ni con santo y seña.

Por eso esta columna va para ellos: los dueños simbólicos de lo ajeno, los sultanes del portón, los guardianes del perímetro y de nuestra paciencia.

Los que nos recuerdan, con su mirada de “usted no entra ni soñando”, que en Panamá el poder no siempre se mide en plata ni en rango, sino en quién tiene la llave… y las ganas de no abrirla.

El autor es ingeniero retirado.


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