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Los celulares no son ‘pacifiers’

Aunque incomode o moleste decirlo así, con rudeza y certeza, apenas los bebés se hacen notar y piden atención, apenas lloran, porque aún, no modulan vocablos -y Ud. creerá que es una exageración-, un número de padres, nada despreciable, les tienen un “pacifier” para calmarlos o distraerlos.

El “pacifier” es un teléfono celular.

Es sorprendente verlos dominar el uso de un celular tan temprano, como si los hubieran entrenado in uterus, cuando aún no han cumplido los 2 años de edad. Las pantallas distraen, sí, pero obstaculizan lo que los niños quieren y necesitan: la imagen tridimensional de quienes los cuidan y los aman. Ellos con una ternura innata recorren con sus manos pequeñas las caras de su madre y la reconocen, como hace el no vidente. Sonríen a la cara sonriente de ella y responden con sus caricias y sonrisas.

Las ocupaciones modernas, a pesar del gran esfuerzo de los padres, los pueden alejar de sus hijos cuando más los necesitan en esta etapa de la infancia, donde es tan vulnerable el desarrollo cognitivo, emocional, social y el aprendizaje de un lenguaje. Es durante estos años cuando se labra o se esculpe la personalidad, la seguridad, la confianza; cuando se robustecen el carácter y el amor filial. Y, a pesar de esta forma de independizar al niño tempranamente, aspiramos a “que sean socialmente competentes y mentalmente sanos cuando adultos”. No es así, ni sucederá así.

Jonathan Haidt, psicólogo social y profesor de Liderazgo Ético en la Escuela de Negocios, de la Universidad de New York, ha dedicado su vida docente y de investigador a las políticas y moral sociales. Su último libro (La generación ansiosa) es una llamada alta sobre la relación descubierta de las elevadas tasas de muerte por suicidio, asociadas a enfermedades mentales y producto de un “realambrado” de las conexiones neuronales, precisamente porque el cerebro humano es altamente plástico. Este “realambrado”, “no es solo por cambios en la tecnología que le da forma a los días y mente de los niños”, nos dice Haidt bien temprano en su libro, “sino que hay una segunda trama aquí: la bien intencionada y desastrosa sobreprotección de los niños, que restringe su autonomía en el mundo real”.

Desde estos años de la infancia y la pre-escolaridad, el uso adictivo de los celulares y las pantallas, ya sean tabletas, computadoras o televisores, les separan de hacer crecer una relación amorosa y de confianza con sus padres, de establecer vínculos con sus amigos y pares, y la niñez, que se desarrolla en y con el juego, es reemplazada por una sin ello.

Esto ejerce un efecto negativo en el cerebro, un crecimiento y un desarrollo transformado, uno que altera la arquitectura y la función de este órgano, como conocemos que ocurre con otras adicciones mediante estudios sofisticados de resonancia magnética dinámica. Es a través del juego que los niños se conectan entre ellos, se sincronizan y se alternan, una forma esencial para desarrollar habilidades sociales, para socializar. La distracción de las pantallas en esas edades, le cambian el juego, ya no juegan.

Por otro lado, las redes sociales -a las cuales se accede con instrumentos con pantallas- como las define y señala Haidt, tienen tal composición: los perfiles de los usuarios, la generación de contenido de esos usuarios, la configuración de las interconexiones o redes y la interactividad, que todo ello aumenta su atractivo, su popularidad y su secuestro, de tal forma que ahora el niño y el adolescente abandonan otras formas de relacionarse con otros, como los juegos, para encontrar aprobación en las redes.

Ahora los “likes”, las reproducciones de lo escrito y el incremento de seguidores atrapan, bajo una popularidad superficial, a esta generación con tiempos, emociones y relaciones sin relación, asíncronas, y efímeras que le descubren soledad, sin entender el por qué, de ella ni de su ansiedad. El porcentaje de estudiantes norteamericanos de 8º, 9º y 12-avo años (el equivalente nuestro a 2º, 3er y 6º años de escuela secundaria) que dicen encontrarse con sus amigos todos los días, ha disminuido de arriba del 50% de ellos en 1991 a menos del 30% de ellos en el 2017.

Resulta entonces un desfigurar o figurar diferente las reacciones, los hábitos y el comportamiento, lo que denota una percepción peyorativa del rededor, una decepción del acontecer y una desesperanza que raya, por su arrolladora conquista del individuo, en enfermedad mental, como se descubrirá ya tarde, en edades superiores. Y, bajo la interpretación de cifras y tiempos de Haidt, explica esta epidemia de suicidios de las generaciones nuevas.

La propuesta de Haidt es: (1) no celulares antes de entrar a la escuela secundaria; (2) no redes sociales antes de los 16 años de edad; (3) escuelas sin celulares; (4) más juego libre, no supervisado y más independencia para los niños. Como lo señala Michael C. Munger, profesor de Ciencia Política, Economía y Políticas Públicas y director del programa de Filosofía, Política y Economía de la Universidad de Duke, “los padres solos pueden obligar la propuesta (1) y tratar de manejar por sí mismos la propuesta (4). La propuesta (3) corresponde al ámbito de las políticas públicas, pero reforzaría las propuestas (1) y (2)”.

Al final, lo más importante es reconocer que el juego libre, esencial para el desarrollo físico y mental del niño, encuentra su gran estorbo en la distracción exitosa de los teléfonos celulares y las pantallas, que le roban tiempo precioso. “Una niñez basada en el juego, reemplazada por una niñez basada en el celular”.

El autor es médico


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