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Los eslabones rotos de una sociedad fragmentada

Prevenir no es incomodar: es quitarle espacio al que se beneficia del daño

Los eslabones rotos de una sociedad fragmentada
Ilustración conceptual elaborada con asistencia de ChapGPT.

Cuando prevenir desafía, el daño avanza sin obstáculos. Y la pregunta que pocos se atreven a formular es a quién le sirve que así permanezca.

Panamá llega tarde con demasiada frecuencia. Tarde a la enfermedad que pudo atenderse. Tarde al estudiante que empezó a perder interés. Tarde al joven que se quedó sin guía. Tarde a la familia que se fue rompiendo en silencio. Tarde a que la justicia, cuando aparece, solo alcanza para castigar. Las señales casi siempre estuvieron allí. Lo que escasea no es información: es voluntad para mirarla sin cálculo, sin miedo y sin conveniencia.

Prevenir no es neutral. Prevenir pregunta antes, corrige antes, advierte antes. Y, al hacerlo, toca intereses, mueve estructuras, rompe silencios y obliga a rendir cuentas. Por eso desafía. Pero la pregunta que pocas veces se formula en voz alta es esta: ¿molesta a quién? Molesta a quien encuentra beneficio en la urgencia, en el gasto improvisado, en el dolor que se administra en lugar de evitarse. Mientras una sociedad reacciona tarde, alguien cobra temprano. Eso no es fatalidad. Es una fractura que puede nombrarse y, al nombrarse, puede corregirse.

La prevención no empieza en un decreto. Empieza en lo cotidiano, en lo que se transmite con el ejemplo antes de expresarlo con palabras. Nuestros ancestros no vivieron en una sociedad perfecta, pero muchos entendían que la convivencia se sostiene en gestos concretos: la palabra cumplida, el respeto ganado, la responsabilidad asumida sin que nadie la esté mirando. No eran adornos de conducta. Eran el tejido invisible que mantiene en pie lo que ninguna ley puede garantizar por sí sola. Hoy ese tejido se ha rasgado, y la rasgadura no es un accidente: es el resultado de años de mirar hacia otro lado cuando corregir resultaba costoso.

La salud es, quizás, el espejo más claro de lo que cuesta no anticiparse. Prevenir una enfermedad es menos costoso, menos doloroso y más humano que tratarla cuando ya avanzó. Sin embargo, los medicamentos y recursos destinados a la prevención suelen ser los primeros en restringirse, escasear o llegar tarde, mientras que los tratamientos para la enfermedad ya instalada movilizan presupuestos completos. Un sistema que se diseña para reaccionar encuentra en la enfermedad su razón de funcionar. Y, mientras eso no cambie, anticiparse seguirá siendo la propuesta más sensata y la menos bienvenida.

La escuela tiene una misión que va mucho más allá del contenido académico. Formar ciudadanos capaces de pensar, convivir y responder por sus actos exige una condición que no puede ignorarse: no se puede enseñar lo que no se practica. Cuando quien forma mira al estudiante a través de un vidrio, ve solo lo que le conviene y filtra lo que prefiere no ver. Educar de verdad exige convertir ese vidrio en espejo: mirarse primero, antes de pretender guiar a otro. Porque, cuando la conducta contradice la palabra, ningún contenido repara ese daño. Y el estudiante, que todo lo observa, aprende exactamente lo que ve.

Cuando la familia deja de formar y solo provee; cuando el Estado aparece después de la crisis en lugar de antes; cuando la justicia tarda tanto que la víctima se cansa y quien causó el daño aprende que la consecuencia puede negociarse, cada uno de esos vacíos se convierte en terreno fértil para quien prospera en el desorden. No es casualidad. Es la lógica de un sistema donde anticiparse amenaza demasiados intereses.

En ese mismo terreno crece una cultura silenciosa: el favor que reemplaza al mérito, la influencia que desplaza a la ley, la viveza que se celebra mientras la consecuencia no llega. Y, cuando eso se normaliza, quien advierte parece ingenuo, quien exige parece enemigo y quien propone orden parece estar estorbando. Así se cierra el círculo: el problema persiste porque su persistencia le sirve a alguien.

Anticiparse no es solo una política pública ni una buena intención. Es un acto que desafía a quienes necesitan que el problema continúe. Quien forma con honestidad le cierra espacios a quien prospera en la desinformación. Quien advierte a tiempo le quita terreno al que ofrece soluciones tardías. Quien exige justicia oportuna le reduce el margen al que negocia en la sombra. Prevenir es, en el fondo, un acto de valentía colectiva.

No se trata de señalar a un único culpable. Se trata de que cada eslabón reconozca su parte: la familia, la escuela, la comunidad, el Estado, la justicia y cada ciudadano que decide, en silencio, si mira o aparta la vista.

La pregunta que vale la pena sostener es sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿estamos dispuestos a anticiparnos, sabiendo que eso va a molestar a alguien?

Porque seguir callando también es una respuesta. Y alguien, mientras tanto, ya la está aprovechando.

La autora es docente.


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