El poder político es una organización social y cultural creadora del estilo de vida de un pueblo o nación, por ejemplo, Panamá, dotándola de una buena o mala sensibilidad a sus circunstancias; o sea, de poder responder o ajustarse bien o mal a esa imagen de la sociedad y del mundo en la que vive.
En el mejor de los casos, es la fuerza sociocultural con la cual nuestro país o cualquier otro consigue desarrollar sus energías peculiares enriqueciendo su cultura, educación, estética, ética, instituciones, aspiraciones, intuiciones o sentimientos nacionales, a través del tiempo. Esta observación de cómo se desarrolla la realidad histórico-política de un país, basada en la cultura en torno a la sociedad que la compone, ya la hizo Oswald Spengler en su magistral obra “La decadencia de Occidente” (1918).
Por el contrario, el poder mal utilizado, hace que todas estas posibilidades queden irremediablemente truncadas, con resultados monstruosos y lamentables, especialmente como proceso de desviación y fracaso.
Hay una imagen terrorífica en el óleo “Saturno devorando a su hijo”, una de las 14 “pinturas negras” realizadas por Francisco de Goya, que muestra a ese Dios greco-romano, con mirada de locura y fauces abiertas, devorando el cuerpo sanguinolento sin cabeza de su hijo, canibalizándolo por temor a ser destronado por él, horrible emblema alegórico de ese profundo miedo humano de perder el poder, más cuando se usa indebidamente.
Además, la obra es muestra perversa de un poder político aniquilador, sin perspectiva y descarriado, a la inversa de lo que podría ser. Irónicamente, cuando es así, esa aniquilación y derrumbamiento de valores, agudiza nuestra sensibilidad ciudadana, reviviendo y fortaleciendo nuestras intuiciones primarias con una renovada conciencia y preocupación política por hacer el bien.
Pero en la mayoría de las veces, nuestro concepto del poder depende de cómo nos vemos a nosotros mismos, permitiendo a la vez el conocimiento de nuestros prójimos, estos quizás con ideas y pasiones antagónicas a las nuestras. Así, cada cual percibe los placeres del poder a su manera, solo limitados por su capacidad y aptitud personal.
Por eso mismo, la ambición personal es la dinámica del poder, conllevando la peligrosa capacidad de manipulación del más fuerte sobre el más débil. Esta condición humana, paradójicamente, une solidariamente a líderes y seguidores a través de su desigualdad, a modo de percepción íntima.
Esa perfecta unidad y desigualdad del poder político, producida por la antedicha ambición personal, la utilizan nuestros gobernantes para manipular nuestra democracia, jugando con nuestros temores porque muchos piensan que ese poder colectivo nos da seguridad e igualdad. Esta creencia aplica no solo en Panamá, sino que ha sido un hecho desde tiempos pretéritos, cruzando toda la historia humana de punta a punta, como le consta a cualquier estudioso de Clío, musa de nuestro pasado.
Sin ese sometimiento al poder colectivo, parecido al placer que siente una audiencia de cientos o miles de personas que escuchan un concierto musical, no podrían existir los demagogos y malos políticos, causa indiscutible de la perdida de nuestra libertad. Aquí influye mucho el tipo de organización y los métodos utilizados para formar la personalidad del seguidor, siendo estos dos mecanismos, normalmente prerrogativas del Estado.
Pero la libertad está unida a la personalidad humana por raíces instintivas; el remedio para contrarrestar ese sometimiento es crear una mente sana e independiente, tan necesaria para gozar no solo de una libertad social, sino de nuestra libertad interior, raíz de nuestra personalidad y libre albedrío.
¿Es el poder político incompatible con nuestra libertad?
Cuando hay abuso de ese poder en un país o sociedad, no puede florecer la convivencia humana porque esa ansia de posesión de otro ser, igual que los celos, es triste muestra de la debilidad del poderoso, no de su sabiduría para gobernar bien.
Por fortuna existen los fulgores del Poder, aquellos destellos que logran la verdadera participación ciudadana, que es digna y es de todos.
El autor es ciudadano y comentarista
