La Ciudad de Panamá que hoy conocemos no siempre fue así. Antes del concreto y los muros que hoy delimitan la vida urbana, existían entramados de agua viva, libres de intervenciones antrópicas, modelados únicamente por el fluir del agua, el tiempo y la dinámica propia de la naturaleza. Esos tejidos de agua aún existen, pero ya no se perciben. Corren ocultos y fragmentados. Sus hilos —ríos, quebradas, lagunas, humedales y paisajes costeros— han sido desconectados, a veces ocupados y olvidados. Lo que alguna vez fue una red continua hoy es un tejido roto.
¿Y dónde está toda el agua de esta ciudad? Hoy, el territorio metropolitano cuenta con más de 50 ríos, los cuales recorren de norte a sur atravesando la ciudad. A esto se suma la condición ístmica del país y la colindancia con el paisaje costero del océano Pacífico, así como las precipitaciones —entre las más altas de la región— que superan en promedio los 2,500 mm anuales. Agua, mucha agua. Sin embargo, lejos de tejer nuestra ciudad con esta red hídrica, hoy esta ha quedado ausente de su rol y cada vez está más distante de las personas.
Surgen entonces preguntas inevitables: ¿dónde están todos esos paisajes hídricos de la ciudad? ¿Cómo accedemos a ellos?
Recordemos que los hilos sueltos del tejido hídrico siguen allí. Corren ocultos y, aun fragmentados, el agua reclama su lugar y regresa a las zonas inundables, obligándonos a recordar su presencia. Esos hilos también están en los fragmentos de vegetación que sobreviven en los bordes y en la memoria de las comunidades, para quienes el agua fue parte de su vida, de sus actividades y de su identidad.
Reconocer todos estos hilos del agua y su valor es el primer paso para recomponer el tejido y acercarnos a ellos. Esto implica ir a la raíz de lo que ocurre, escuchar de cerca los sentires, levantar voces que han estado calladas y replantear la planificación territorial y ambiental. Implica entender que es el agua la que moldea y define por dónde fluir. Así, a partir de esta lectura, se pueden establecer líneas de trabajo para planes, políticas y programas que definan reglas claras, con estrategias que transformen los tejidos hídricos en corredores vivos, accesibles y habitables, siempre de la mano con la identidad colectiva y el cuidado.
Recomponer el tejido hídrico no es solo una acción ambiental; es un acto cultural e incluso espiritual. Es volver a aprender a vivir con el agua. Es entender que la ciudad no está sobre el territorio, sino que es parte de él.
Tal vez entonces los hilos sueltos dejen de ser fragmentos aislados y comiencen a entrelazarse nuevamente. Tal vez entonces la ciudad recupere su lógica natural y su identidad más profunda.
Porque, en esencia, la Ciudad de Panamá no es solo una ciudad con agua. Es, y siempre ha sido, una ciudad del agua.
La autora es arquitecta y estudiante en la Maestría en Paisajismo y Gestión Ambiental de la Universidad de Panamá.


