En estos días, resuena en mi mente un viejo chachachá de Tito Rodríguez titulado Los marcianos llegaron ya. Y es que, por muchos años, el asunto de los ovnis o ufos, como se les dice en inglés, ha sido considerado un tema marginal, más de periódicos sensacionalistas, de fanáticos entusiastas y de películas de ciencia ficción. Pero la verdad es que, en los últimos años, ha ocurrido un cambio importante con respecto a este tema, debido en parte, a la aparición de varias publicaciones en el New York Times y otros canales de noticias de reconocida reputación.
Este nuevo enfoque se inició quizá con un escrito por la periodista investigativa Leslie Kean y colaboradores, sobre una entrevista a Luis Elizondo, un exagente de inteligencia que trabajaba en el Pentágono. Este último reveló que dentro del Pentágono existía un programa secreto conocido por sus siglas en inglés como AATIP, que tenía a su cargo investigar reportes provenientes de miembros de las fuerzas armadas sobre objetos o naves de origen no conocido y que pudieran representar una amenaza para la seguridad. Elizondo aportó videos e imágenes de objetos voladores filmados con los equipos de jets de combate. Estos objetos realizaban maniobras aéreas y desplazamientos que no parecen posibles con la tecnología disponible actualmente. Esta publicación en el New York Times y las consecuencias de la misma, desencadenaron una serie de eventos que terminaron con una investigación por parte del Congreso de Estados Unidos y un informe oficial sobre estos fenómenos. Además, se creó una fuerza de tarea, conocida como UAP Task Force, con el propósito de continuar las investigaciones sobre estos extraños objetos. De hecho, el estigmatizado término ufo fue eliminado en favor de UAP, siglas que traducidas al español significan fenómenos anómalos no identificados.
En junio de 2021, la Oficina del Director de Inteligencia Nacional publicó un informe preliminar sobre estos UAP, donde afirman que, a pesar de no contar con suficientes reportes de alta calidad que permitan sacar conclusiones categóricas, se reconoce que estos fenómenos ocurren, que no tienen una explicación clara, que han sido detectados con múltiples sensores y que pueden representar un riesgo para la seguridad nacional. Por supuesto que los ufólogos tradicionales esperaban más, quizá la admisión del origen extraterrestre de estos objetos, pero en mi opinión este fue un salto cuántico. De ser un tema tabú, secreto, negado o ridiculizado por el gobierno se ha convertido en un tema serio, con presupuesto, recursos humanos y hasta legislación regulatoria.
Entre los episodios o reportes más sobresalientes de UAP están los de los pilotos del portaaviones nuclear tipo Nimitz en la costa Oeste de Estados Unidos, cuyos videos han sido ahora desclasificados, y reportes de otro incidente en la costa este, donde se documentaron pequeños objetos que se movían a grandes velocidades, a ras del mar, con un aura o resplandor en sus imágenes en los monitores del avión y que permanecieron funcionales y en movimiento hasta por 22 horas consecutivas. Algo que ni los drones más avanzados pueden hacer.
Pero como si todo esto fuera poco, hace unos días, otro exagente de inteligencia, David Grush, que trabajaba precisamente para el UAP Task Force, envió una carta a la oficina del Inspector General, denunciando lo que en su opinión pudieran ser actividades ilegales y encubiertas asociadas al uso de materiales obtenidos de sitios donde estas naves u objetos anómalos se han estrellado. Según Grush, personal del gobierno y compañías aeroespaciales privadas han estado estudiando los restos de estos objetos por años. Sus declaraciones implican un operación encubierta de más de 50 años, donde equipos de las fuerzas armadas han recuperado, almacenado y analizado estos restos. Y lo más fascinante es que, en opinión de Grush y las personas que él entrevistó, estas naves u objetos no son de este mundo. Grush fue citado al Congreso y por 11 horas dio declaraciones, explicando en detalle la información que él dice tener. Estas declaraciones no han sido desclasificadas y por ende es difícil corroborar la credibilidad y contenido detallado de las mismas.
En el sitio de noticias llamado The Debrief se encuentra un reportaje completo sobre lo que ha dicho Grush públicamente y declaraciones de otros altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos, como el coronel Karl Nell, Jonathan Grey y Christopher Mellon, exsubsecretario de Defensa. Igualmente, el reconocido podcast del periodista Ezra Klein, del New York Times, tiene una entrevista completa a la investigadora Leslie Kean, en el que se comentan y cuestionan todas estas revelaciones recientes.
Digamos, para efectos de una reflexión, que todo esto es cierto, que de verdad existen naves u objetos de origen extraterrestre y que estas, en efecto, han sido recuperadas o analizadas. Esto sería uno de los descubrimientos científicos más importante de la historia. Representaría una revolución a nuestro conocimiento de la biología, la ingeniería y muchas otras ciencias. Implicaría que los fabricantes de estos objetos tienen la capacidad de viajar enormes distancias a través del universo, alterando las leyes de la física como las conocemos actualmente. Y surgen miles de preguntas fascinantes, de dónde vienen, cómo está estructurada este tipo de inteligencia no humana y qué valores éticos los guían, si es que tienen alguno. Pero es innegable que la pregunta más importante ahora que sabemos que los marcianos llegaron ya, es si saben realmente bailar chachachá.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas
