Fieles a nuestro natural pendejismo, no queremos reconocer que la asignatura pendiente desde hace años es la infancia.
Panamá ha decidido que cuanto menos hagamos por los niños mejor. Y se hace muy difícil creer que esta no sea una política intencionada, porque cada vez tenemos más niñas embarazadas, más niños desnutridos, con menos comprensión lectora, siendo más pobres, y con el caso SENNIAF, menos seguros en manos del Estado.
Mucho predicar valores cívicos y morales, mucha teletón y eventos para recaudar fondos, pero hemos olvidado cómo, mientras políticos vestidos de blanco chupaban guaro del caro, un niño se hacía viral porque no quería comerse la presita de pollo que le dieron en el comedor: quería llevársela a su mamá. No sé qué habrá sido del niño, pero los políticos que chupaban están otra vez en la Asamblea riéndose de lo lindo.
Los niños siguen arriesgando la vida para estudiar, para comer; siguen sin tener bibliotecas, sometidos a un MEDUCA obsoleto dirigido por ignorantes y aprovechados, atrapados en un programa educativo obsoleto hasta oler a alcanfor, pero que se quiere dotar de laptops y tecnologías que no tienen dónde enchufarse.
Mientras no nos tomemos en serio a los niños, no haremos buenas políticas. Hay que diseñar el país mirando a la infancia, pensando en el futuro que les vamos a dejar. No vale con darles de mal comer y llevarlos al parque, necesitan salud, educación, seguridad, padres con buenos trabajos y no un gobierno que los someta al hambre para entonces abrir la mina como solución. Necesitan ejemplos de decencia de los que gobiernan.
Sigamos de culecos, pensando en festivales de pollera o de la santa hojalda, sigamos gastando plata en ballets y orquestas sinfónicas, sigamos alimentando sin literatura una feria y vendiéndoles el sueño de ser grandes ligas. Los niños necesitan ser la prioridad, y eso pasa por dejar de mentirles y darles seguridad, empieza por tomar en serio sus problemas a largo plazo.
El autor es escritor.
