Los pequeños rehenes

Luz tiene 8 años. Conoció su escuela hace 3 meses. La pandemia no le permitió asistir a clases. Cuando visitamos su salón, le preguntamos porqué estaba contenta de volver a las aulas. Nos sorprendió su respuesta: “porque voy a aprender a leer”.

Luz está en tercer grado. Como muchos niños panameños, ha sufrido las consecuencias de ser golpeados por una crisis cuyas raíces desconocen, pero cuyo impacto viven en carne propia.

Afectados por ser parte de la estadística de pobreza multidimensional, los niños entre 0 y 9 años, padecen de innumerables carencias como falta de cuidados, actividades infantiles y recreación (15.9%); educación y formación temprana (13.7%); hacinamiento (11.2%); carencia de saneamiento mejorado (10.9%); prevención de riesgos en salud (10.9%); e inadecuada alimentación variada (9.8%). Es la sombría lectura del análisis de la distribución porcentual del Índice de Pobreza Multidimensional de Niños, Niñas y Adolescentes (NNA) de cada indicador por grupo de edad (2018).

La realidad es que los niños panameños desde antes de la pandemia son las víctimas inocentes de una sociedad profundamente desigual en la que uno de cada 3 NNA es pobre multidimensional. Es una deuda de arrastre. La pandemia exacerba la debilidad institucional preexistente para acompañar y supervisar las condiciones de vida de nuestros NNA, en especial, lo relacionado con nutrición, prevención de riesgos de salud, cuidados y educación temprana.

La escuela era el escenario ideal para cerciorarse de su correcto desarrollo físico, cognitivo y socioemocional a través de estrategias de verificación de peso y talla, de nutrición y de vacunación. La pandemia, además, saca a relucir la gran inequidad en el acceso a la tecnología y a los implementos tecnológicos.

El acceso a educación a distancia de calidad fue marcadamente desigual e ineficaz en el propósito de lograr aprendizajes significativos.

El lamentable resultado son los miles de niños quienes, como Luz, llegan hasta tercer grado sin aprender a leer. Sin tener la ayuda necesaria para poder hacerlo en casa; ante el exiguo contacto con sus educadores para resolver sus dudas y acompañarlos; con directivos sin las herramientas necesarias para cerciorarse de su aprovechamiento académico, Luz estuvo profundamente sola al igual que cientos de miles de niños panameños, casi condenados por las situaciones de su contexto socioeconómico. En este escenario, las clases presenciales no son una opción.

Es la respuesta quizás tardía a un derecho inalienable establecido en convenios internacionales y en la Constitución Nacional. “Todos tenemos el derecho y el deber de educarnos”, nos dicen desde pequeños. ¿Qué pasa cuando no podemos ejercer nuestro derecho? Es una violación evidente de derechos fundamentales, aún más vergonzosa al tratarse de menores de edad. Muchos desprotegidos, sin familiares inmediatos que puedan dar respuesta a sus interrogantes y a su angustia ante el cierre de clases y a escenarios inciertos, sufren.

Es, entonces, cuando la escuela y las clases presenciales no son una opción sino una forma de resarcir que seamos el país con más días sin clases en el mundo según Unicef. El epílogo de falta de oportunidades educativas; de desiguales opciones de acceso a educación a distancia; de hogares con diferentes niveles de escolaridad en los que los padres no pudieron apoyar a sus hijos cómo requerían, es un rezago académico y un impacto emocional que se refleja en las estadísticas de deficiencias escolares del primer trimestre del año en español, matemática e inglés (147,669 estudiantes).

¿Los más afectados? Los grados más bajos. Y para añadir un ingrediente aún más disociador a este panorama, vivimos en el presente un cierre de clases por protestas justificadas pero que, nuevamente, afecta al eslabón más débil de la cadena: nuestros NNA, en especial, a los más pobres. Lo que está en juego es la capacidad de poder recuperar aprendizajes, tomando en cuenta los términos fatales de las sinapsis y de las conexiones neuronales del cerebro humano, que no entienden ni de paros ni de huelgas.

Urge atender a estudiantes que no tienen otra oportunidad de superar sus carencias que no sea una escuela amiga con educadores comprometidos y directivos enfocados en que sus estudiantes puedan salir bien librados de una conflagración en la que no son los combatientes, ni pertenecen a uno u otro bando…

Son los rehenes, los pequeños rehenes que no entienden qué pasa pero que viven las consecuencias de factores exógenos y de decisiones afortunadas o desafortunadas de adultos que ya tienen una historia de vida hecha. Nuestros pequeños rehenes quienes, como Luz, ansían aprender a leer a sus 8 años, deben ser liberados.

Su libertad la podemos pagar con educación incluyente y de calidad en las aulas. Basta ya que nuestros estudiantes sean históricamente los pequeños rehenes que pagan el precio de las decisiones de los adultos. Hagamos que Luz pueda alumbrar su camino hacia la esperanza y la superación, a través de educación en las aulas.

La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social.


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