Hoy se juega la final del Mundial: Argentina contra España. Y antes de que ruede la pelota quiero reconocer a todos los que nos ayudaron a llegar hasta acá.
Los primeros que nos ayudaron no trabajan para la FIFA. Fueron nuestros rivales.
Empiezo por Cabo Verde, uno de los países más chicos en la historia de los Mundiales, con apenas medio millón de habitantes, que le jugó de igual a igual al campeón del mundo. Nos hizo un gol increíble. Vozinha le atajó casi todo a Messi, una tapada tras otra, como si se hubiera puesto de acuerdo con el arco. Corrieron más que nosotros y aguantaron el partido hasta el minuto 111. Un equipo minúsculo que nos hizo sufrir como hacía tiempo no nos pasaba.
Después llegó Egipto. Nos dobló en presión, corrió más que nosotros, le atajó un penal a Messi, nos metió dos goles y nos tuvo, a diez minutos del final, con el 99% de probabilidades de dejarnos afuera. Diez minutos. Así de cerca estuvo todo de terminar antes de tiempo, antes de lo que soñábamos.
Y con Inglaterra empezamos perdiendo. Recién al minuto 85 llegó el gol, y siete minutos después lo dimos vuelta. Ese partido no era un simple trámite hacia la final. Había una revancha histórica que nos importaba mucho más que cualquier otra cosa en ese momento. Una cuenta pendiente que sabemos que no se debe disputar en la cancha, un sufrimiento y un reclamo que cargamos hace generaciones y que, por unos minutos, pesó más que el resultado mismo. Como dice la canción que todos cantamos: «Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo».
Esas remontadas épicas, ese sufrimiento que te deja sin uñas, al borde de un ataque cardíaco, son las que debilitan las piernas, pero engrandecen el corazón. Fortalecen la mística del equipo de una manera que ningún partido tranquilo puede lograr.
También nos favorecieron los candidatos a ganar la copa: Alemania, Brasil, Países Bajos y Francia perdieron contra equipos que, en los papeles, eran más débiles, y eso también abrió el camino.
El tercer factor que nos ayudó fue la gente. Somos locales en todas las canchas del mundo, y eso se siente, se escucha, y empuja desde la tribuna, aunque estemos a miles de kilómetros de casa. No importa en qué ciudad se juegue, siempre hay miles de banderas argentinas, camisetas albicelestes por todos lados y millones de voces cantando las mismas canciones.
Pero lo cuarto, y lo más importante, es nuestra identidad como país. El orgullo de vestir la camiseta, de ser parte de un pueblo que, a pesar de la adversidad, sigue para adelante, dando lo mejor de sí. Eso no lo regala ningún rival ni ninguna tribuna. Lo llevamos puesto «desde la cuna... hasta el cajón».
Y antes de despedirme quiero contarles algo. Yo nací en suelo argentino, siento el fútbol como se siente la sangre, y hoy voy con Argentina, sin dudarlo, como siempre.
Pero tengo que confesar algo más: mi abuelo nació en España, tengo pasaporte español, igual que mis hijos, y eso me deja un cariño especial por esa tierra que no compite con mi pasión albiceleste, pero tampoco se apaga.
Así que hoy el corazón va dividido, pero no confundido: la pasión es albiceleste; el cariño también lo es por España. Y si al final es España la que levanta la copa... no me van a ver llorar de tristeza, me van a ver llorar de emoción.
La autora es pediatra.

