Hay dos tipos de personas en este mundo: las que saben regalar y las que creen que una taza con forma de inodoro es un “detalle original”. Y hay dos tipos de regalos en la vida: los que uno usa… y los que uno guarda por culpa.
Hoy no hablaremos del perfume elegante ni del sobrecito salvador con dinero —ese sí une familias—, sino de esa categoría especial de obsequios que parecen escogidos después de cerrar los ojos, girar tres veces y señalar cualquier cosa al azar en un cuarto lleno de objetos olvidados.
Porque todos tenemos un amigo o familiar experto en regalar cosas… raras.
El primer lugar lo ocupan los cuadros feos. No cuadros normales. No. Hablo de esos cuadros gigantes con frutas brillantes tamaño industrial, paisajes con cascadas fosforescentes o retratos abstractos donde uno nunca sabe si es un caballo, una nube o una discusión matrimonial pintada con rabia.
El problema no es recibirlos. El problema es cuando el regalador vuelve a visitarlo a uno.
—¿Dónde pusiste el cuadrito que te regalé?
Y ahí empieza el teatro.
Uno mira el techo, calcula mentiras posibles y responde:
—Lo tengo guardado… para protegerlo del polvo.
Porque decir la verdad (“asustaba al perro”) rompería generaciones enteras de armonía familiar.
Luego están las herencias tecnológicas. Ese tío que decide que uno merece su antigua máquina de coser de 1973, un VHS sin cables o una impresora que solo funciona cuando Mercurio está retrógrado.
—Está casi nueva —dicen.
Claro. Nueva… en la época en que los teléfonos no cabían en los bolsillos, no tomaban fotos ni servían para pelear en redes sociales.
Uno recibe el aparato con una sonrisa mientras piensa: ¿dónde voy a meter esto sin que mi casa parezca un museo arqueológico?
Pero el nivel superior del regalo incómodo son los juguetes heredados.
Nada dice “te quiero” como una caja llena de piezas incompletas.
Un rompecabezas de mil piezas… con 843.
Un carrito sin ruedas.
Un robot sin cabeza.
Y una muñeca antigua que claramente observa el alma de quien entra al cuarto.
Las muñecas viejas merecen capítulo aparte. Nadie sabe por qué existen, pero siempre llegan acompañadas de una frase peligrosa:
—Era de tu prima cuando era pequeña.
Eso suena tierno hasta que uno nota que la muñeca tiene una mirada que ha visto demasiadas cosas. Uno la pone en una repisa por compromiso… y esa misma noche la cambia de lugar porque juraría que estaba mirando hacia otro lado.
También están los regalos “prácticos”, que solo son prácticos para quien los regala. Como el exprimidor manual tamaño industrial, el adorno navideño permanente o el libro de autoayuda que parece una indirecta cuidadosamente envuelta.
—Lo vi y pensé en ti.
Y uno queda pensando: ¿qué exactamente vio?
Pero el verdadero drama no es recibirlos. Es deshacerse de ellos.
Porque los regalos incómodos no se botan. Se reciclan socialmente.
Ese cuadro feo termina años después en casa de otro amigo. La muñeca viaja misteriosamente a otro cumpleaños infantil. Y la máquina inútil aparece como premio sorpresa en una rifa familiar.
Es el círculo natural del regalo incómodo: nadie lo quiere, pero nadie se atreve a romper la cadena.
Al final, estos obsequios cumplen una función importante. Nos recuerdan que regalar no siempre es acertar, sino demostrar cariño… aunque venga en el más lindo de los estuches.
Porque, seamos honestos, detrás del cuadro horrible, del juguete incompleto o del aparato inútil, casi siempre hay alguien que pensó sinceramente que estaba dando algo valioso.
Y quizá por eso los seguimos guardando.
No por el objeto, sino por la historia que trae… y por el miedo de que la persona pregunte algún día:
—¿Todavía lo tienes?
Y nosotros, expertos en diplomacia doméstica, responderemos sin dudar:
—¡Claro! Lo tengo bien guardadito.
Muy guardadito.
Demasiado guardadito.
El autor es ingeniero retirado.


