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SEDES DIPLOMáTICAS

Un lote para China

Dentro del torbellino de opiniones desatado por la ubicación de la nueva embajada china, salgo al paso de lo que considero ha distorsionado la discusión: no creo que Amador sea la mejor opción.

No se trata de razones nacionalistas ni estratégicas las que, a mi parecer, carecen de sustento, sino por interés propio. Amador, la que creíamos sería la joya de la corona de las áreas revertidas, perdió el rumbo. En el basurero quedaron el plan maestro de desarrollo, sus lineamientos arquitectónicos y los desvelos de tantos urbanistas, funcionarios y simples ciudadanos que soñaron con edificaciones cónsonas con la naturaleza y el entorno marino de ese paisaje irrepetible.

La realidad ha terminado siendo muy distinta y, con la excepción del Museo de la Biodiversidad y una que otra construcción, la calzada lleva años acumulando oficinas y adefesios, por no mencionar la sensación de abandono producida por ruinas y matorrales.

Estamos a tiempo de corregir las malas decisiones y reencaminarnos por la ruta original, consolidándolo como el sitio de esparcimiento ciudadano por excelencia, único en el país, reafirmando de paso su vocación turística. No considero que un complejo diplomático de las dimensiones que presumo China querrá tener, sea cónsono con aquella visión.

El reconocimiento del Gobierno de China Popular hecho por la República de Panamá el año pasado conlleva el nombramiento de embajadores y el establecimiento de sedes diplomáticas. Panamá no podía seguir ignorando una realidad geopolítica, desconociendo una nación que representa el 20% de la población mundial y que es la segunda potencia económica. Así lo hacen 177 países, casi la totalidad del planeta, incluyendo Estados Unidos.

Seguir fingiendo que el Gobierno de Taiwán es el genuino representante de la nación china es una aberración, solo justificada por la vergonzosa política de la chequera, aquella que, no olvidemos, era una mezcla repugnante de benevolencia con corrupción.

En aras de la simplificación, podemos resumir en dos las formas de proceder a la hora de abrir una embajada. La más común: cada Estado busca una propiedad para establecer su sede. El Estado podrá comprar el inmueble o alquilarlo. La segunda, que los Estados acuerden ceder algún inmueble al otro y, con base en el principio de reciprocidad, recibir uno equivalente.

Panamá, por decirlo de alguna manera, ha sido poco afortunada con sus embajadas. A lo largo de nuestra vida republicana hemos cedido en arrendamiento simbólico (alquileres por 90 años pagando B/.1) lotes a varios Estados, tales como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, España y la Santa Sede. En este último caso, Panamá no solo aceptó cambiarle el lote original a la Santa Sede y darle uno más grande, sino extenderle el término original y además sufragar el precio de construcción de la nueva nunciatura.

¿Qué ha recibido nuestro país a cambio? Nada. Estados Unidos, por ejemplo, jamás ha ofrecido a Panamá un lote o edificio ni remotamente equivalente a las 22 hectáreas de terreno que recibieron en Clayton, y que se justificó con un supuesto intercambio de la anterior sede en avenida Balboa, un terreno que Panamá les había también otorgado.

Jamás hemos recibido lote ni edificio alguno en Londres, París o Madrid, amén de que el Vaticano tampoco ha reciprocado nuestra generosidad, a pesar de que abundan por toda Roma edificios pertenecientes a la Iglesia (la Santa Sede es la mayor propietaria de inmuebles en toda Roma).

Hasta el año pasado, Panamá apenas contaba con sedes propias en cinco países, todas compradas. El resto son alquiladas. Solo Brasil, luego del traslado de su capital de Río de Janeiro a Brasilia, concedió lotes para que erigieran sus nuevas embajadas. Brasilia es una de las cinco.

Por ello, fue buena noticia el anuncio de que, entre los acuerdos alcanzados con Beijing, se había logrado el compromiso recíproco de conceder sedes diplomáticas. Nunca he visitado Beijing y no tengo relación personal ni profesional alguna con China, pero leo que en esa ciudad la República de Panamá ha recibido ya no uno, sino dos edificios, uno para su Cancillería y otro como residencia del embajador, cercanas a las embajadas de Alemania, Suiza y de Estados Unidos, en uno de los “barrios diplomáticos” mejor valorados de aquella capital.

Le corresponde a nuestro país otorgarle un lote de terreno en arriendo por 70 años a China para que ella construya, a su costo, la sede.

Desconozco las condiciones y limitaciones que tengan los lotes que la Cancillería está considerando. Ojalá el Estado contara con tierras suficientes como para ofrecerle un espacio digno en el centro bancario o, mejor aún, por los alrededores de nuestro histórico barrio chino. Dudo que existan. Si dependiera de mí, le cedería uno en Clayton, allí mismo donde fuimos tan generosos con otras naciones. Y haría de la reciprocidad, y no la largueza, el nuevo patrón para nuestras futuras negociaciones.

El autor es abogado y exembajador de Panamá en Italia.


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