Ser maestra en estos tiempos es algo que pocas personas comprenden realmente. Desde afuera parece simple: enseñar a leer, a escribir, a sumar, a colorear dentro de las líneas. Pero quienes hemos estado frente a un grupo de niños sabemos que enseñar va mucho más allá de aquello que aparece en los libros o en los planes de clase.
Cada mañana, cuando entro al aula, lo hago con la vida entera encima: los pendientes que dejé sin resolver, el cansancio acumulado, las preocupaciones que no conté, las emociones que no caben en el uniforme. Y, aun así, al cruzar la puerta, debo convertirme en un faro. En una sonrisa. En una escucha. En una guía.
Nadie ve lo que una maestra carga. Nadie sabe cuántas veces tenemos que respirar profundo antes de entrar al salón para no llevarles a los niños el peso del mundo. Nadie nota cuando, detrás de esa paciencia que parece infinita, hay noches de insomnio, cuentas que no cierran, hijos propios que también necesitan atención.
Pero, aun con todo eso, enseñamos. Y enseñamos desde lo más humano.
Este año he sentido algo distinto. Es como si el ruido del mundo se hubiera metido conmigo al aula. No hablo del ruido literal —los gritos, las risas, el desorden natural de los niños—, sino del otro ruido, ese que vive en la mente: la presión, la autosuficiencia forzada, la exigencia de ser todo para todos, el miedo a no alcanzar.
Mientras escribo esto, recuerdo a mis estudiantes mirándome con esos ojos que aún creen en la magia de aprender. Esos ojos que me devuelven una versión de mí misma que a veces olvido: la versión que sí puede, que sí importa, que sí transforma algo, aunque no siempre se vea.
Ser maestra es dividirse en mil pedazos sin romperse. Es multiplicar la paciencia, reducir las angustias, sumar esfuerzos y restar miedos. Pero también es agotarse. Mucho. A veces demasiado. Y eso casi nunca se dice.
Vivimos en una sociedad que exige resultados, pero pocas veces pregunta cómo estamos. Y aunque no lo parezca, detrás de cada clase hay una persona. Una mujer. Una madre. Una vida. A veces quisiera que se entendiera eso con más claridad: que antes de ser maestra soy humana. Que no todo me sale bien. Que también me quiebro. Que también dudo.
Escribo este artículo porque sé que no soy la única. Sé que allá afuera hay maestras sosteniendo el mundo de treinta niños mientras su propio mundo se tambalea. Mujeres que enseñan desde la entrega, desde el cansancio, desde el amor profundo. Mujeres que a veces solo necesitan que alguien les diga: “Te veo. Sé que no es fácil.”
Si tú, maestra, lees esto, quiero que sepas que tu trabajo importa más de lo que imaginas. Que esos pequeños gestos que das —un abrazo, una palabra, un cuaderno corregido con cariño— quedan guardados para siempre en alguien. Que eres memoria. Que eres huella. Que eres guía, aunque no te lo digan.
Y también quiero que recuerdes algo esencial: no tienes que ser perfecta para ser buena maestra. Solo tienes que ser tú. Con tu cansancio, tu amor, tu entrega y tu humanidad.
En un mundo lleno de ruido, la enseñanza sigue siendo un acto de resistencia. Y tú, con todo lo que haces, también lo eres.
La autora es maestra y escritora.
