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Maldita violencia

Siento un dolor que me parte el alma, el cual probablemente no soy capaz de expresar con elocuencia suficiente. ¿Por qué sucede que unos muchachos, probablemente alcoholizados o drogados, deciden en grupo matar a otro muchacho a golpes y patadas hasta que “caducó”?

Me duelen las vidas perdidas, el saldo 0 de ese episodio fatal. Pienso en el joven asesinado absurdamente y en los victimarios que también son víctimas de la violencia. Difícil decirlo, tal vez solo se pueda pensar, porque si se expresa en voz alta, uno puede ser juzgado de blandengue, santurrón, indolente, estúpido, defensor de la violencia o de apología del delito.

Pero no es nada de eso; es la impotencia de una mujer madre ante las vidas perdidas que, otra vez, la violencia se llevó consigo. Murió Fernando Báez asesinado a golpes y también mueren a la vida los jóvenes victimarios condenados a cadena perpetua. Sin contar las familias de ambos lados que, también muertas en vida, tendrán que ver cómo siguen adelante en medio de tanta pérdida y dolor. ¿Triunfaron la justicia y la ley? Yo digo que no.

Triunfó, otra vez, la violencia que se tragó enteros al joven Báez y a sus victimarios.

Creo que se vale llorar por todos y creo en la compasión. No dudo que muchos dirán que es porque no fue a mi hijo al que golpearon hasta morir. Tal vez es así. Pido perdón a la familia del joven Báez y a las familias de los condenados por entrometerme con este escrito lejano en un dolor que les pertenece, y por no poder hacer nada útil para expresarles mis sentimientos de tristeza profunda por su pérdida.

Las acciones traen consecuencias, no hay duda. Bastaron unos minutos de desenfreno para accionar un odio-ira que acabó con muchas vidas. En unos minutos se deciden los destinos de muchas vidas, tal vez eso es lo que quiero enfatizar.

Hago un llamado, un clamor a los jóvenes de Latinoamérica y del mundo, como protagonistas del presente y futuro, para que esta fatalidad sirva, al menos, para tomar conciencia de lo que puede pasar sin auto control, si abandonados al exceso de licor, de drogas o de odio, en unos cuantos minutos, somos capaces de llegar a extremos de donde no se puede regresar. No hay que ser maleante o delincuente para sucumbir a la violencia; todos estamos asediados por ella, todos podemos ser sus víctimas.

Buscar la manera de revertir la violencia y el odio para que no se cobren más víctimas, para que no se lleven a más hijos, debe ser una causa común que nos una como sociedad a partir de esta tragedia. Puede parecer utópico, mañana probablemente habrá otros casos, tal vez peores, pero no por eso podemos rendirnos. No podemos rendirnos como madres y padres, tíos, abuelos, hermanos, primos o amigos, a perder a nuestros jóvenes, a mirar a otra parte porque la desgracia ocurrió lejos de mi casa, a repetir incompasivos que se pudran los malditos; no podemos rendirnos al imperio de la violencia.

Aspiro a que seamos capaces de vivir la justicia, la empatía, la compasión, el perdón, la búsqueda de nuevos caminos que devuelvan la paz y la esperanza. No a la violencia que devora; no a las series y películas que promueven el crimen y la maldad; no a la música asquerosa que incita a matar y denigrar; no a las pandillas que secuestran y matan.

Tenemos el poder de decidir lo que consumimos: yo decido si consumo basura empaquetada en forma de series y películas violentas; si consumo drogas que sostienen el narcotráfico; si consumo con mi voto a los políticos que promueven el odio y la intolerancia; si consumo el discurso de las armas, de la corrupción, del ojo por ojo. Todos tenemos un radio de acción, el cual por limitado que sea es nuestra área de influencia, y lo que hagamos o dejemos de hacer en ella, tiene un impacto. En nuestros entornos, en la casa, en el trabajo, en la escuela, en el vecindario, no a la violencia en todas sus formas. Y en esto sí debemos ser implacables.

La autora es ciudadana


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