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Malignización de la salud: la inquisición médica panameña

Al mejor estilo de Torquemada y sus seguidores, algunos diputados y personas de la sociedad civil, con convicción profunda y muy particular —o bien sin ninguna—, se han dado a la tarea de pretender judicializar los malos resultados de la atención médica a través del impulso de una ley contra la mala práctica.

A pesar de que esta pretensión legislativa o civil, en la mayoría de los casos, no es más que la percepción de personas disgustadas con algún facultativo o con alguna institución de salud por malos resultados médico-quirúrgicos, es tremendamente injusto considerar culposo un resultado terapéutico desafortunado o un diagnóstico impreciso, sobre todo cuando se ha cumplido con los procesos y procedimientos que dictan las guías y normas de atención. Esto es tan equivocado como pretender inmolar a una persona solo porque no cree en el Dios cristiano o simplemente por pensar diferente.

Me queda clarísimo que hay malos médicos, al igual que hay malos ingenieros, malos abogados, malos sacerdotes, malas enfermeras y un largo etcétera. A pesar de ello, estoy convencido de que la mayoría de los profesionales panameños, incluyendo por supuesto al cuerpo médico, mantiene un alto nivel ético y de compromiso.

Respecto al trabajo del médico, hay tres premisas que no podemos soslayar. Primero, el médico se prepara para hacer el bien y no para fastidiar a nadie. Segundo, la medicina no es una ciencia exacta; se basa en las buenas probabilidades, aunque nada es absolutamente seguro. Y tercero, los médicos nos enfrentamos constantemente con la enfermedad, pretendiendo dominar la incontrolable variabilidad biológica. Casi siempre trabajamos contra natura, intentando ganarle la partida a los designios de la vida con los que no estamos de acuerdo. Vale destacar que, en esta última premisa, la ciencia ha avanzado mucho, pero de ninguna manera tenemos el poder de controlar los desenlaces desafortunados, a pesar de los buenos esfuerzos.

En Panamá ya existen mecanismos jurídicos vigentes para manejar un caso de queja por sospecha de mala práctica, pero cuidado con tildar de “mala práctica” un infortunio que nada tiene que ver con la calidad de la atención. Si así fuera, no tardaría en surgir una petición ciudadana por los malos resultados de la Asamblea Nacional —que son bastantes— o por los desatinos políticos, que sin lugar a duda son otro tanto.

Señores diputados: el asunto no es crear leyes “a lo loco y tontamente”. Mejor céntrense, por ejemplo, en mejorar las políticas de equiparación salarial y robustecer los mecanismos de reclasificación y las escalas de los empleados públicos —que bastante falta hace—, o en aumentar de una buena vez el presupuesto de funcionamiento del Ministerio de Salud, para atender con mayor eficiencia, eficacia y holgura a nuestra población, en vez de andar “apagando fuegos” por ahí, como suelen hacer con frecuencia. Estas cosas sí serían tremendos logros, y no inventar una “inquisición médica” pretendiendo judicializar el infortunio. Nada menos, nada más.

El autor es médico.


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