A diferencia del cine, donde habitualmente estamos de acuerdo en quién es el héroe y quién el villano, en la sociedad es mucho más subjetivo. Dependiendo de en qué lado uno se encuentre, los buenos y los malos estarán diametralmente ubicados.
Así, todos somos malos en algún momento. Esta semana emití por enésima vez mi opinión de que el tema del aborto debe entenderse como un asunto de salud pública. Cuando una mujer ha tomado la decisión de hacerse un aborto -que no la toma nadie más que ella- es injusto obligarla a tener que hacerlo a escondidas y en condiciones sanitarias precarias que ponen en riesgo su vida. Además de que, en la práctica, esta condena la sufren únicamente mujeres sin los recursos para viajar a donde puedan realizárselo sin preguntas incómodas de por medio.
Es muy poca la gente que se considera llanamente “proaborto”. En realidad, lo que muchos proponemos es que debe existir la opción de hacer el procedimiento con controles sanitarios adecuados y con controles en cuanto al momento del embarazo en que se pueda hacer. Obviamente, es un tema que requiere una sociedad madura, en la que se pueda discutir sin aspavientos ni arrebatos. Lo que no puede ser es que los fanáticos “pronacimiento”, pues una vez que nace el niño no les importa cómo sea su vida- consideren que, quienes pensamos diferente, somos unos sociópatas que soñamos tener un machete para cortarle el abdomen a cada embarazada que veamos. Esta semana, por emitir mi opinión, me calificaron de carnicero, asesino, matasanos y médico desalmado, asociado a la subsecuente disección del juramento hipocrático. Estas cosas, cuando se leen de alguien que de medicina solo sabe enfermarse, genera una mezcla de risa y lástima.
Otros malvados son los de la comunidad Lgbti. Es inaudito escuchar “tienen derechos, pero no deben andar dando espectáculos”. Estos rebuznos solo confirman la falta de empatía y la discriminación por el otro, contra quienes consideran diferentes, más débiles y a quienes se puede agredir verbal o físicamente, sin mayores consecuencias. Finalmente, todo es parte de la “ideología de género” que “pretende homosexualizar el mundo bajo el mando de la ONU y supuestos derechos humanos”.
Y si de malos hablamos, no olvidemos a “los inmigrantes” -principalmente venezolanos- a quienes pintan como los culpables de todas nuestras desgracias.
Y esta semana, nuestros desdichados “padres de la patria” han iniciado una campaña para convencer a la sociedad de que la mala imagen de la Asamblea es culpa del “poder económico”, personificado en los dueños de Copa y el fundador de La Prensa. Aunque entiendo que es difícil pretender que esa banda de fronterizos lo perciba, los únicos culpables de la imagen de nuestros diputados, son ellos solitos. Porque, desde que tengo memoria, se han especializado en hacer todo tipo de maleanterías frente a nuestras narices, porque se sienten protegidos por su asquerosa inmunidad.
Más vale que entiendan la dimensión del rechazo hacia ellos y su gestión. Y que se vean reflejados en lo que acaba de pasar en Perú. Porque, como dijo un tristemente célebre personaje, “no hay mal que dure cien años, ni pueblo que lo resista...”.
El autor es cardiólogo
