Las ruinas de Panamá Viejo, sin lugar a dudas, representan un símbolo fundamental de la República de Panamá ante los ojos del mundo. Su presencia define un momento en el que la historia marcó los orígenes de lo que hoy se ha convertido en una ciudad cosmopolita. Es un lugar que transporta a quien lo visita a una armonía evidente en la relación entre sus ruinas y el contexto que las rodea.
Sin embargo, más allá de su valor histórico y arquitectónico, el medio natural que lo complementa y enriquece con una diversidad de flora y fauna muchas veces pasa desapercibido, a pesar de formar parte esencial de su identidad.
Los manglares que circundan Panamá Viejo no son componentes circunstanciales dentro del paisaje, sino sistemas vivos cuya existencia se remonta a más de 100 millones de años a nivel global, y que se han adaptado a los cambios ambientales. Su permanencia en el tiempo evidencia su capacidad de resiliencia tanto frente a la intervención humana como a las dinámicas naturales.
Desde un punto de vista ecológico, los manglares reducen la energía de las olas hasta en un 66%, actuando como una barrera natural frente a las inundaciones y la erosión costera. Además, funcionan como zonas de crianza para múltiples especies marinas, muchas de ellas esenciales para la pesca artesanal y la seguridad alimentaria de las comunidades.
Esta misma condición los convierte en un punto de encuentro donde convergen lo natural y su valor cultural. La presencia de aves, junto con la riqueza biológica del área, no solo refuerza su importancia ambiental, sino que también potencia su significado dentro de un espacio histórico, generando un sentido de pertenencia en quienes lo visitan.
Aun así, pese a la importancia de los manglares y su entorno, lamentablemente estos son subestimados dentro de la planificación urbana. En muchos casos se perciben como espacios vacíos y poco productivos, cuando en realidad cumplen una función vital en el equilibrio ambiental y la calidad de vida de la ciudad. Esta falta de reconocimiento ha llevado a su reducción progresiva, afectando no solo el ecosistema, sino también a las comunidades que dependen de él.
El crecimiento urbano y la presión sobre el territorio representan una amenaza constante para estos ecosistemas. Intervenirlos o erradicarlos sin considerar su valor integral implica perder no solo biodiversidad, sino también un sistema natural que históricamente ha protegido a la ciudad. Cada fragmento de manglar que desaparece debilita la relación entre la naturaleza, la historia y la comunidad.
En este caso en particular, reconocer el valor de los manglares de Panamá Viejo implica comprender que no se trata únicamente de un paisaje natural, sino de un sistema vivo que articula lo ambiental, lo social y lo patrimonial. Su conservación no solo es una responsabilidad ecológica, sino también un compromiso con la identidad y el futuro de la ciudad.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente es claro al señalar que “la protección de los ecosistemas es fundamental para garantizar la sostenibilidad de las ciudades y el bienestar de sus habitantes”.
La autora es arquitecta y estudiante de la maestría en Paisajismo.


