Marlon Brando cumpliría este mes de abril cien años. Nacido en Omaha, su primer recuerdo, según nos cuenta en sus memorias, es este: “Abrí los ojos, miré a mi alrededor en la luz de color ratón y me di cuenta de que Ermi todavía estaba dormida, así que vestí lo mejor que pude y bajé la escalera... Me senté en el primer escalón, al sol, en el extremo sin salida de la calle 32, y esperé. Debía de ser primavera porque del enorme árbol de la parte delantera de la casa caían hojas con dos alas, como libélulas. En los días en que no soplaba el viento, giraban en el aire mientras descendían suavemente”.
Fue uno de los infelices más talentosos del cine. Complejo, rocoso, tóxico y autodestructivo, será recordado también como el tipo que usó los Oscar como plataforma para una causa justa, y como el rostro para siempre de uno de los grandes personajes de una de las mejores películas de la historia: Vito Corleone. Es también uno de esos actores que se reinventó tantas veces como pudo, y aunque el declive fue inevitable, los destellos del artista extraordinario que fue siempre terminaban por asomarse en sus interpretaciones.
Hay dos películas suyas que quiero recordar, que son totalmente opuestas y distintas en su forma, una bélica, otra intimista, pero que convergen en su fondo, que no es otro que el propio Marlon Brando. La primera, de 1972, es El último tango en París, que tuvo en su momento más predicamento por las escenas eróticas, que para muchos pesaron más (y pesan) que la honda interpretación de Brando. Bernardo Bertolucci se entrega en este rodaje a la potencia actoral de Brando, que viene de hacer El Padrino, y utiliza la propia vida del actor para sacar de sus entrañas la piel del personaje de Paul, un tipo arrasado por la vida y el suicidio de su mujer. La obsesión, la brutalidad, los deseos de escapar por vías que conducen solo a más soledad y frustración se transforman en Brando en un espectáculo para las emociones y los sentidos. Una interpretación que fue nominada al Oscar como mejor actor. El rodaje y su posterior montaje fueron más una sesión de jazz que un tango.
La segunda es Apocalypse Now, dirigida por Francis Ford Coppola, y cuyo guión se basa en una de las mejores novelas cortas que se han escrito nunca: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Marlon Brando cuenta en sus memorias, Las canciones que mi madre me enseñó (Anagrama, 1994), que aquel fue uno de los rodajes más intensos del que se tiene registros en la historia del cine estadounidense. Brando se afeitó la cabeza sin decirle nada a Coppola y llegó con sobrepeso. Llama la atención lo que dice Brando, y se nota en la película y en todo lo que se lee sobre este rodaje, que fue la ocasión en que más cerca estuvo de quedar perdido en un personaje, lo cual no deja de ser aterrador. La capacidad actoral que ya hemos mencionado transformó esa adversidad del sobrepeso y la apariencia en uno de los mas oscuros y hondos personajes del cine, una mirada al corazón de las tinieblas del ser humano.
Este año de los 20 años de la muerte del actor, son una buena excusa para volver al cine que protagonizó. Como mito cinematográfico que seduce constantemente, como Marilyn, con la que tuvo un romance y conversó unos días antes de su muerte, su vida personal es muchas veces ignorada, faltándonos elementos de juicio crítico que nos expliquen su talento.
Les dejo con estas palabras suyas al final de sus memorias: “Por fin me siento libre y no me importa lo que la gente piense de mí. A los setenta años me divierto más que nunca. Me siento feliz con los detalles más significantes: construir o inventar algo, estar con mis hijos o jugar con mi perro Tim, reír con mis amigos o contemplar una hormiga que entra en mi cuarto de baño. Gracias al doctor Harrington, a mis propios esfuerzos y al paso del tiempo, al final puedo ser el niño que nunca pude ser”.
El autor es escritor.
