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Más y mejor democracia

Más y mejor democracia

Cada 15 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Democracia. La fecha debería servirnos para algo más que celebrar un sistema político que, con todas sus imperfecciones, continúa siendo el mejor instrumento que hemos encontrado para vivir en libertad, resolver nuestras diferencias pacíficamente y decidir colectivamente nuestro futuro.

Debería servirnos también para hacernos algunas preguntas incómodas: ¿qué democracia tenemos?, ¿qué democracia queremos? y, sobre todo, ¿qué estamos dispuestos a hacer para fortalecerla?

Panamá ha construido, desde la recuperación de la democracia, importantes espacios de libertad y participación ciudadana que debemos valorar y preservar. Hemos celebrado elecciones periódicas y competitivas, hemos experimentado alternancia en el poder y hemos consolidado libertades que durante otros períodos de nuestra historia estuvieron ausentes.

Pero reconocer esos avances no significa ignorar nuestras debilidades.

La desconfianza en las instituciones, la corrupción y la percepción de impunidad, la desigualdad, la polarización y la frustración de ciudadanos que sienten que el sistema no siempre responde a sus necesidades son señales que ninguna democracia puede darse el lujo de ignorar.

Cuando la democracia no produce resultados, cuando las instituciones pierden credibilidad o cuando amplios sectores sienten que no son escuchados, aparece una peligrosa tentación: concluir que el problema es la democracia misma.

La respuesta, sin embargo, no puede ser menos democracia. Tiene que ser más y mejor democracia.

Una mejor democracia requiere instituciones sólidas, separación de poderes, independencia judicial, seguridad jurídica, transparencia y rendición de cuentas. Requiere reglas que se respeten independientemente de quién gobierne y ciudadanos que sepan que sus derechos no dependen de la voluntad circunstancial de quienes ejercen el poder.

Pero eso no basta.

La democracia tiene también que ser capaz de producir resultados. Tiene que generar oportunidades, reducir desigualdades, mejorar la educación, brindar seguridad, promover crecimiento y empleo y permitir que los ciudadanos perciban una relación concreta entre el funcionamiento de las instituciones y el mejoramiento de sus vidas.

Defender la democracia no puede significar defender el statu quo. Por el contrario, precisamente porque creemos en ella debemos ser capaces de reconocer lo que no funciona y transformarlo.

Y tampoco podemos reducir la democracia al acto de votar cada cinco años.

La democracia se construye todos los días: en la participación ciudadana, en una prensa libre, en organizaciones de la sociedad civil independientes, en empresarios comprometidos con algo más que sus propios intereses, en trabajadores que participan responsablemente en la construcción del país, en universidades que generan pensamiento crítico y en jóvenes que no se resignan a recibir como inmutable la sociedad que heredaron.

He insistido durante años en la importancia del diálogo y de la construcción de consensos. No porque crea que una democracia saludable deba eliminar las diferencias. Todo lo contrario. El pluralismo supone diferencias, desacuerdos e incluso confrontación de ideas.

El desafío democrático consiste en ser capaces de procesar esas diferencias dentro de reglas comunes y encontrar, por encima de nuestras legítimas diferencias, aquellos objetivos que deben unirnos como nación.

Panamá necesita recuperar y fortalecer esos espacios de encuentro.

Y necesita hacerlo especialmente cuando nos planteamos transformaciones profundas de nuestra institucionalidad.

El debate constitucional que comienza a tomar forma constituye una extraordinaria oportunidad. No debería convertirse en otro motivo de polarización ni en una competencia por imponer una visión sobre otra. Debe ser una oportunidad para preguntarnos qué instituciones necesita el Panamá de las próximas décadas y cómo podemos construirlas con amplia participación ciudadana, respetando nuestra institucionalidad y utilizando los mecanismos que la propia Constitución establece.

La democracia también se fortalece cuando demuestra que es capaz de renovarse desde dentro.

Pero ningún gobierno puede hacerlo solo. Ningún partido político puede hacerlo solo. Tampoco la empresa privada, los trabajadores o la sociedad civil pueden hacerlo aisladamente.

Los grandes desafíos nacionales requieren una visión multiactor: Estado, sector privado, trabajadores, sociedad civil, academia, jóvenes y ciudadanos sentados alrededor de una misma mesa, no necesariamente pensando igual, pero reconociendo que comparten un mismo país y, por tanto, un destino común.

Esa capacidad de encontrarnos puede ser una de las mayores fortalezas de Panamá.

Tenemos problemas importantes y desafíos que no debemos minimizar. Pero tenemos también una democracia que hemos construido con enorme esfuerzo, una sociedad plural, una posición privilegiada en el mundo y una extraordinaria capacidad para reinventarnos cuando las circunstancias lo exigen.

Tenemos razones para confiar en Panamá.

Pero la confianza no puede ser pasiva. Tiene que traducirse en compromiso.

La democracia no es solamente una herencia que recibimos ni un sistema que podemos dar por garantizado. Cada generación tiene la responsabilidad de construirla, protegerla y renovarla.

Quizás ese sea el mejor sentido que podemos darle este 15 de septiembre al Día Internacional de la Democracia: preservar lo que hemos alcanzado, corregir lo que no funciona y comprometernos a construir juntos una democracia que no solamente garantice nuestras libertades, sino que responda cada vez mejor a las aspiraciones de todos los panameños.

El autor es expresidente de la APEDE y presidente de la Red Latinoamericana y del Caribe para la Democracia (RedLad).


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