Hay personas que nacen con oído musical. Otras tienen talento para el fútbol, para bailar o para cocinar sin quemar el arroz. Y después estamos los que abrimos un libro de matemáticas y sentimos que acabamos de recibir un manual de instrucciones de una nave espacial soviética traducido al chino antiguo.
Las matemáticas son la única materia escolar capaz de provocar sudor frío con solo escuchar su nombre. Uno podía sobrevivir a historia memorizando fechas a última hora, pasar español inventando análisis literarios que ni el propio autor entendía, pero matemáticas… ah, matemáticas eran otra cosa. Eran una batalla psicológica. Una guerra entre el estudiante y un señor llamado “X”, que siempre estaba perdido y que uno debía encontrar como detective privado.
Yo nunca entendí por qué los profesores de matemáticas tenían la costumbre de decir frases motivadoras que parecían amenazas:
—“Esto es facilito.”
Y uno veía el tablero lleno de raíces cuadradas, fracciones, letras griegas y números elevados a potencias que parecían coordenadas para lanzar misiles nucleares.
El problema de las matemáticas no es solo resolverlas. El verdadero problema es que descubren rápidamente quién está fingiendo atención. Uno podía mirar fijamente al profesor durante cuarenta minutos, asentir con la cabeza como sabio oriental y escribir fórmulas con enorme seguridad… hasta que el maestro decía:
—“Ahora pase usted al tablero.”
En ese instante, el alma abandonaba el cuerpo.
Caminar hacia el tablero era parecido al recorrido de un condenado medieval hacia la guillotina. Los compañeros observaban en silencio, algunos rezando por solidaridad y otros felices porque, por fin, la víctima del día no eran ellos.
Y entonces aparecía el terror máximo: borrar mal el tablero. Porque no bastaba con equivocarse; además había que soportar esa nube blanca del borrador viejo que dejaba todo peor. El profesor suspiraba decepcionado, tomaba la tiza y decía:
—“No sé de dónde sacó eso.”
¡Pues de la desesperación, profesor! ¡De la desesperación!
Las matemáticas también destruyeron muchas infancias felices con los famosos problemas absurdos:
“Un tren sale de Panamá a las 3:00 p.m. y otro de David a las 4:00 p.m…”
Perdón, pero ¿quién demonios toma un tren en Panamá? Y, más importante aún, ¿por qué siempre había que calcular cuándo chocaban? Los problemas matemáticos parecían escritos por personas emocionalmente inestables.
Había además una extraña obsesión por las manzanas:
“Si Juan tiene 14 manzanas…”
Nadie en la vida real tiene 14 manzanas. Y si las tiene, no anda regalándolas en fracciones para ayudar estudiantes.
Pero la mejor anécdota matemática que he escuchado fue la de una niña a la que le preguntaron:
—“¿Cómo repartirías cuatro naranjas entre cinco personas?”
Mientras los adultos empezaban mentalmente a sacar fracciones, porcentajes y posibles cortes geométricos dignos de un ingeniero aeronáutico, la niña respondió tranquilamente:
—“Haría un jugo.”
Y listo. Problema resuelto.
Esa niña entendió algo que muchos profesores olvidan: a veces la inteligencia no está en complicar las cosas, sino en resolverlas de la manera más simple posible. Mientras el mundo matemático buscaba dividir naranjas en quintos perfectos, ella ya estaba sirviendo vasos.
Sin embargo, debo admitir algo: las matemáticas tienen un raro sentido del humor. Años después de graduarse, cuando uno ya cree haberse librado de ellas, reaparecen disfrazadas de intereses bancarios, impuestos, descuentos engañosos y cuentas del supermercado. Ahí uno descubre que el álgebra no era el enemigo; el verdadero villano era no haberle prestado atención.
También existen esos seres legendarios que aman las matemáticas. Personas que resuelven ecuaciones “por diversión”. Individuos que miran una integral complicada con la misma emoción con que otros ven una final de fútbol. Sospecho sinceramente que no son humanos normales. Probablemente pertenecen a una civilización superior.
Pero, aunque muchos les tengamos miedo, odio o trauma, las matemáticas tienen algo admirable: enseñan paciencia, lógica y humildad. Porque nada baja más rápido el ego que una ecuación de tres líneas capaz de derrotarlo a uno durante dos horas.
Y aun así, seguimos intentándolo. Sacando cuentas con los dedos escondidos debajo de la mesa, usando calculadora para confirmar cuánto es 8 x 7 y rogándole al cielo que nadie nos pregunte porcentajes mentalmente en público.
Porque, al final, aprender matemáticas no es solo aprender números. Es sobrevivir emocionalmente a ellos.
El autor es ingeniero retirado.

