La palabra “proveedor” no proviene de escenarios médicos sino del teatro del comercio y no contiene referencias ni al profesionalismo médico ni a asuntos relacionados con la terapéutica. “Su origen es deplorable”, como lo señala Scarff, porque se remonta a cuando el nazismo, en su campaña contra los judíos, designó a las pediatras, en su mayoría mujeres judías, como Behandler (proveedor) en lugar de Arzt (doctor). Su aplicación a los doctores y doctoras es ambigua e irrespetuosa, como lo denuncia el American College of Physicians (ACP): “con consecuencias particularmente negativas para la atención primaria, ya que no se reconocen las diferencias en la formación y la experiencia entre los médicos”.
En Estados Unidos se utilizó el término en las Enmiendas a la Ley de la Seguridad Social de 1965, que establecieron Medicare y Medicaid, pero este cambió la relación “en el sentido de que es un contratista al que se le paga por prestar cualquier producto o servicio relacionado con la salud”, con lo que, como advierte el Colegio Americano de Médicos (ACP), “el término proveedor representa uno de los muchos desafíos a la ética y el profesionalismo, que plantean el corporativismo, la comercialización y el empleo de médicos…”. Quizás sea oportuno recordar a Sir William Osler: “La práctica de la medicina es un arte, no es una transacción, no es un negocio”.
Adoptar este término arriesga convertir la medicina en un negocio, la relación médico-paciente en una transacción comercial de oferta y demanda, y el trueque de los costos en números que diezman la atención y el cuidado, todo lo cual se refuerza al referirse a los pacientes como clientes, consumidores o usuarios. El resultado: la deshumanización de la atención médica.
Al proveedor le basta seguir algoritmos para tratar síntomas y no pacientes, con directrices administrativas que le permiten a la industria dictar las horas del día o el tiempo de aparición y duración de síntomas o molestias para validar una visita a un cuarto de urgencias, qué exámenes reconocerá más tarde y qué procedimientos e instrumentos se pueden o no utilizar para una cirugía. El solo “proveer” no es el distintivo de los profesionales de la salud. El profesionalismo del doctor antepone el interés del paciente a cualquier otro interés.
El cuidado médico no es un asunto de regulaciones de compañías aseguradoras ni de las políticas legislativas de algún momento, sino esencialmente un compromiso bajo el escrutinio y vigilancia de la ética médica, que vela por la vigencia del carácter doctoral del médico, cuyo profesionalismo tiene que buscar la confianza y satisfacción de los pacientes. Es cierto que la aparición del complejo médico-industrial ha provocado la desprofesionalización y ha afectado la habilidad de practicar de acuerdo con los preceptos de la ética y el profesionalismo, como se ha señalado en repetidas ocasiones. ¿Qué ha sido primero, estos cambios en la práctica o este nuevo lenguaje empresarial?
La palabra “doctor” tiene más de 2.000 años y se deriva del latín doctus, que significa el que enseña, el que instruye. El grado de doctor o doctorado es el más alto nivel, la más alta calificación en la educación académica o profesional que alguno pueda alcanzar. Indica que a quien se le otorga el título se le reconoce que domina lo relacionado con sus estudios, ha aprendido habilidades específicas y especiales que lo hacen experto en ellas y tiene la capacidad de crear conocimiento y resolver serios problemas. Y eso toma muchos años, muchos días, muchas horas y poco sueño y descanso.
Obtener tal título significa cumplir las exigencias de un entrenamiento básico de mayor duración que el de cualquier otra profesión. El tiempo en las aulas supera la media general de otras profesiones. Mucho más cuando se continúa la formación con especialidades, que pueden exigir 3, 5, 7 o 10 años más. El médico, no así un proveedor, no tiene horarios para comenzar ni para terminar sus delicadas labores; ni siquiera hablemos de comenzar y terminar el día, acompañar a las familias de los enfermos o a las suyas, y anteponer ese deber y compromiso a todo lo demás en su vida, porque cuida pacientes, no clientes. El contrato del médico es con un ser humano que lo necesita cuando su salud desmejora; el contrato de un proveedor es con una agencia de proveedores.
Esto es, precisamente, lo que enmarca la situación como un asunto ético. Como bien lo señala Brandon Ambrosino, bioeticista de la Universidad de Villanova, el lenguaje que usamos tiene ramificaciones en la forma en que tejemos juicios morales sobre la medicina y los médicos. Confrontar una posición ética comienza confrontando su vocabulario, dice Ambrosino. No es lo mismo dirigirse a un médico que a un proveedor.
Los médicos asistimos, escuchamos, atendemos, acompañamos, aliviamos y, a veces, curamos a quienes esperan eso de sus doctores. Defender un lenguaje preciso no es una cuestión de ego, como lo señala la Dra. Rania Esteitie, se trata de un asunto de identidad, responsabilidad y de preservar la integridad de nuestra profesión.
Si lo queremos más claro, la expresión “proveedor” tiene un carácter netamente comercial, transaccional, de mercado y es perjudicial para la relación médico-paciente porque socava las obligaciones éticas de los médicos.
El autor es neonatólogo y pediatra.


