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DERECHOS LGBT

En el mes del orgullo...

En el mes del orgullo...
En el mes del orgullo...

Este mes, la comunidad Lgtb celebra el “mes del orgullo” con actividades orientadas a hacerse sentir como grupo, mostrar presencia social y oponerse a la discriminación y la violencia dirigida contra su comunidad.

Este año se cumple medio siglo de Stonewall en Nueva York, cuando una “redada rutinaria” (la homosexualidad y el trasvestismo eran considerados delitos), terminó en varios días de disturbios contra la Policía. En aquella época, después del movimiento contracultural marcado por los hippies, la lucha por los derechos de los afrodescendientes, el pacifismo anti Vietnam y el “verano del 68”, esa rebeldía de una comunidad comúnmente marginada, encendió una llama que ha permitido que las personas Lgtb estén cada vez más integradas a la sociedad.

Desde 1970, en junio se hacen marchas y concentraciones. Inicialmente en Nueva York, Chicago, Los Ángeles y San Francisco, para luego diseminarse por todo el mundo. Hoy, más que una protesta, es un carnaval para celebrar la diversidad y la igualdad de derechos. Sus símbolos son el arcoíris de seis colores y el triángulo rosado con que los nazis identificaban a los homosexuales en los campos de concentración y exterminio.

Sin embargo, a pesar de todo lo que implica el “mes del orgullo” (llamado así para contraponerlo a la vergüenza que estigmatizaba a las personas Lgtb), aún es mucho lo que sociedades como la nuestra tiene que asimilar.

Hay que entender que la lucha por los derechos Lgtb es exactamente igual a la lucha por los derechos de los afrodescendientes. Son minorías que no han gozado de los mismos derechos que el resto de la población, y que tienen todo el derecho a reclamarlos. Hasta 1964 se prohibían los matrimonios interraciales. Un juez lo consideró inaceptable “porque Dios puso a las razas en diferentes continentes para que no se mezclaran”. (Loving vs. Virginia, 1967). Durante los años de segregación racial, los “negros” no usaban los mismos baños que los “blancos”, no compartían asiento en un autobús y no asistían a las mismas escuelas.

Hoy, en Panamá, conozco a homosexuales y transexuales que sienten miedo de ser agredidos si entran a un baño público o si le dan un beso a su pareja. Como mínimo, son víctimas de acoso por tomarse de la mano. Simplemente, una parte no despreciable de la sociedad (el “no” se refiere a cantidad), no acepta que deben gozar los mismos derechos que gozamos los heterosexuales.

Todo es una mezcla de ignorancia y prejuicios, que muchos han decidido no cambiar por más evidencia que les presenten. Satanizan la palabra género, al punto de que he escuchado protestar contra la igualdad de género o la paridad de género, que nada tiene que ver con identidad de género. Simplemente, no entienden la palabra.

La idea esa de que la orientación sexual es una decisión personal, o que un adolescente “no sabe lo que quiere ser”, es tan absurda como pensar que “los negros son menos inteligentes”, “los judíos son tacaños”, “los musulmanes son terroristas” o “los chinos son todos iguales”.

Afortunadamente, el mundo avanza aunque algunos no quieran. Cada vez más sociedades legalizan las familias formadas por homosexuales, así como la adopción de niños cumpliendo los mismos criterios que cualquier otro adulto. Habrá quienes sigan oponiéndose, pero es ridículo que en pleno siglo XXI se descalifique moralmente a alguien solo por su orientación sexual o identidad de género.

Todos tenemos que entender que, como dice la Declaración Universal de los los Derechos Humanos: Todas las personas nacen libres e iguales y tienen todas las libertades y derechos sin distinción. Por eso, antes de alardear de “No tengo nada contra los homosexuales”, hay que analizar bien si no sería correcto agregar: “mientras yo no los vea”...

El autor es miembro de la junta directiva del Museo de la Libertad y los Derechos Humanos 


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