¿Se han puesto a pensar que cada una de las acciones de nuestros políticos nos afecta directamente? No importa si es el regalar jamones, inventar planillas, inflar presupuestos, aceptar sobrecostos, sobornos o coimas, o cobrar cuñas de radio inexistentes. Todo esto es con nuestro dinero. Y las consecuencias son catastróficas.
Hace un tiempo, discutiendo con una amiga (profesional, inteligente) la situación actual del país, le decía lo preocupada que estaba con el escenario político y que pensaba que si no tomábamos acción todos, el Panamá que conocíamos desaparecería.
Su respuesta fue corta: ella no se metía en política.
Nuestra política criolla se ha desvirtuado de tal forma, que la mayoría de la gente decente no quiere ni involucrarse ni opinar ni escuchar, y mucho menos tomar algún tipo de partido, medida o acción para corregir el rumbo. Sencillamente, estamos hartos.
Pero tristemente, la realidad es que cada acción de nuestros políticos tiene una repercusión (directa o indirecta) en todos nosotros, como el efecto mariposa.
Imaginemos que somos de clase media alta. Nuestros hijos viven en una zona privilegiada, asisten a un colegio privado, tienen acceso a buenos servicios de salud y comen tres veces al día. Pensaríamos que lo que pasa con los demás no nos afecta y por lo tanto, no nos interesa. Mientras no se metan con nosotros.
Pensemos ahora que somos de clase media-baja, trabajadora. Nuestros hijos van a una escuela pública, vivimos en un sector con cierto nivel de violencia pero con servicios básicos, vamos a la seguridad social -cuando existe- y comemos tres veces al día. Lo que pasa con el gobierno poco nos interesa, siempre y cuando no nos quiten el subsidio del transporte y del tanque de gas. Que roben pero que nos tiren la toalla.
Ahora imaginemos que vivimos en pobreza, en un área de difícil acceso, sin servicios básicos y comemos una o dos veces al día. Tenemos trabajos informales, y nuestros hijos van a una escuela rancho. De vez en cuando un político nos regala huevos o un saco de arroz. Por ignorancia, hemos tenido más de los hijos que podemos mantener, y no pensamos en el futuro, ni en educación, ni en esforzarnos. Al final, a nadie le importan los pobres.
Cada quien en su mundo, sin meterse ni afectar a los demás, ¿verdad?
Pues aquí está el problema: las sociedades funcionan como un reloj suizo, en el que un fallo en uno de sus engranajes, afecta la totalidad de la máquina. Panamá cuenta con una alcancía gigante que debe llenarse con nuestros impuestos, administrarse y retornar beneficios a los ciudadanos.
Si esto fuera así (y eliminaramos la corrupción, el clientelismo y el populismo), tendríamos una educación de primer mundo, bajos niveles de pobreza y ciudadanos autosuficientes.
La criminalidad disminuiría, tendríamos más familias estables e indicadores de riesgo social alentadores.
Habría trabajadores aptos y profesionales de excelencia, que ayudarían al crecimiento económico del país.
La educación pública sería la mejor, equiparando oportunidades. La ciencia y la cultura serían prioritarias.
Los servicios de salud serían estatales, eficientes y humanos. Nadie tendría que morir con dolor por falta de un fármaco y la salud sería digna, sin ausencias ni retrasos.
Quizás tendríamos vialidades construidas con materiales de primera, menos accidentes y un mejor transporte público. Mejoraría la calidad de vida de muchos panameños. ¿No creen, entonces, que todos tendríamos que meternos en política?
Tendríamos que levantar nuestra voz, votar por los mejores, actuar con dignidad, participar activamente y asegurarnos de escoger a los más capaces y probos.
Yo quiero que mis hijos tengan un pedacito de tierra al que puedan llamar patria, que puedan echar raíces y florecer.
Por eso es que yo me meto en política, porque al fin de cuentas, la política se está metiendo conmigo.
La autora es algióloga orofacial